Históricamente,
el estudio de la vida ha tenido dos grandes intereses, el ecológico y
el evolutivo. En el primero, el interés reside en saber, la diversidad
de especies, así como los factores biológicos y ambientales que influyen
en su abundancia. En el caso del segundo, la atención se enfoca en
conocer los cambios morfológicos/moleculares que han experimentado las
especies a lo largo de su historia. Ambos aspectos operan en escalas de
tiempo distintas, pues en el caso de la ecología los cambios suceden en
días o semanas, mientras que en el caso de la evolución los cambios
toman millones de años, al menos en plantas y animales (aunque la
excepción la encontramos en los microorganismos). Sin embargo, cabe
preguntarse, ¿cómo cambian las interacciones ecológicas (ecología) en el
tiempo y espacio (evolución)? La respuesta a esta interrogante
representa la intersección entre la ecología y evolución, es decir la
ecología evolutiva.
La
ecología evolutiva tiene por objeto entender los mecanismos que
propician la persistencia en el tiempo y espacio de las interacciones
entre especies, o dicho de otro modo, por qué algunas especies
interactúan más entre sí que con otras especies. Las interacciones
ecológicas pueden tener diferentes consecuencias, en algunos casos
provocan beneficios para los participantes, como en el caso de la
polinización. En otros, las interacciones tienen desenlaces fatales como
en todo ejemplo entre depredador y presa. No obstante, las
interacciones ocurren enmarcadas en un ambiente. Por lo que una pregunta
acuciante para la ecología evolutiva es, ¿cómo cambiarán las
interacciones ecológicas bajo el aumento de la temperatura? Diferentes
investigaciones sugieren que el constante aumento en la temperatura
alterará las interacciones ecológicas.
El
cambio climático representa un experimento a escala global de ecología
evolutiva, cuya principal variable predictora es el aumento en la
temperatura. En este experimento global, la variable de respuesta (el
efecto que nos interesa medir) es la persistencia en las interacciones e
identidad de los nuevos participantes. La temperatura es un factor
universal en la ecología y evolución de todas las especies. El aumento
en la temperatura propiciará cambios en la forma en que las especies
interactúan entre sí, lo que a su vez traerá cambios a nuestra vida
diaria. Por ejemplo, la mayoría de los polinizadores son insectos, y
estos son vulnerables al aumento en la temperatura. Conforme aumente la
temperatura, se estima que disminuirán sus poblaciones, lo que
disminuirá la polinización que realizan y a su vez disminuirá la
productividad agrícola. Esto podría provocar escasez alimentaria y
aumento en el precio de los productos. No obstante, el aumento en la
temperatura también traerá protagonismo para nuevos integrantes. Por
ejemplo, diferentes estudios experimentales han mostrado “activación”
(aumento metabólico y mayor proliferación) bacteriana en función del
aumento en la temperatura. Esto es delicado, pues la excesiva
proliferación bacteriana podría comprometer la supervivencia de
diferentes animales, como la de los crustáceos.
Ante el inexorable progreso del cambio climático, las interacciones
ecológicas entre las especies irán cambiando. Aquellas con menor
tolerancia al ambiente atípicamente cálido perecerán, mientras su lugar
será ocupado por especies tolerantes al aumento en la temperatura. Sin
embargo, el cambio de los participantes podría cambiar el resultado en
las interacciones, es decir de relaciones benéficas para ambos, se
podría pasar a relaciones comensalistas (solo uno tiene beneficio) o
parasitarias (uno se beneficia a costa de del otro). Estamos ante una
ruleta rusa ecológica, en la que no sabemos qué especies se acoplarán de
mejor forma a las nuevas condiciones ambientales. Quizá se trate de
especies oportunistas inocuas, o quizá se trate de los protagonistas de
las pandemias del futuro. En todo caso, nuestra única esperanza reside
en acelerar la migración energética hacia fuentes renovables, aunado a
la estricta conservación de nuestros ecosistemas naturales.
Es
fundamental estudiar las relaciones entre los organismos, especialmente
en el ecosistema marino, donde el Centro Regional Cequa está
desarrollando su proyecto más ambicioso hasta el momento, el Proyecto
Microbioma, del cual esperamos obtener información útil para la
planificación de actividades en las áreas marinas y costeras protegidas
de la región, al igual que la Universidad de Magallanes lo hace con el
área marina oceánica protegida del Mar de Drake, que también incluye un
parque marino.