En
Chile estamos a punto de asistir a un hecho extraordinario: existe una
candidatura de un partido comunista que aparece con posibilidades de
ganar una elección presidencial. Es el caso del alcalde Daniel Jadue,
quien posiblemente competirá en los comicios de noviembre. Esta mera
posibilidad llama la atención no sólo por el historial de fracasos del
comunismo y los socialismos reales (que han llevado a los partidos
comunistas del mundo a la irrelevancia), sino que también por el actuar
del PC chileno (PCCH) y de su candidato presidencial, que hacen
presagiar un nuevo naufragio.
Partamos
señalando que al menos teóricamente el comunismo es difícilmente
conciliable con la democracia. Conceptos como la “lucha de clases” y la
“dictadura del proletariado” suponen una sociedad en guerra que no
tolera la disidencia. Pero más importante aún es cómo ha funcionado el
comunismo en la práctica. Muchos de los casos involucran atrocidades,
como el “Terror Rojo” de Lenin o la “Revolución Cultural” de Mao, que
significaron la masacre de millones de personas. Por este lado del
mundo, están los fusilamientos políticos en Cuba (“hemos fusilado,
fusilamos y seguiremos fusilando mientras sea necesario”, decía el Che
Guevara). Lo cierto es que hoy en día los países comunistas son Estados
totalitarios, que no respetan los DD.HH. y tampoco son democráticos
(generalmente tienen un partido único, sin elecciones abiertas). Y ésta
es más o menos la historia de todos los partidos comunistas.
Ahora
hablemos un poco del PCCH. El partido ha respaldado varias de las
dictaduras vigentes (Cuba, Venezuela, Corea del Norte y China), donde se
vulneran actualmente DD.HH., y pareciera no tener inconvenientes con
las pasadas. Obviamente estos crímenes no son atribuibles al PC chileno,
pero dan cuenta de lo que el partido considera políticamente aceptable.
Por otro lado, si bien es cierto que el PCCH tuvo un actuar
“democrático” durante los años 70, el no haber hecho política a punta de
metralletas es un mínimo exigible a cualquier partido, por lo que no
hay mucho de lo que jactarse. Además, es distinto juzgar a un partido
por lo que hace cuando es cabeza del gobierno que cuando no lo es.
Pero
aun si consideráramos irrelevante todo lo anterior, quizás lo más
preocupante es la figura de Jadue, quien tiene el típico perfil del
caudillo populista de talante autoritario. Primero, no parece importarle
usar a sus votantes con fines políticos y tampoco es muy amigo de la
ciencia. De hecho, poco le importó ofrecer un medicamento experimental
inefectivo para el Covid (Interferón) a los vecinos de Recoleta (pagado
con fondos públicos), con tal de ganarse unos porotos en las encuestas.
No es un tipo leal políticamente. Por ejemplo, hoy tilda de neoliberal a
la Concertación, que fue la que le permitió ser alcalde al omitirse de
la Municipal de Recoleta. Y tampoco es muy respetuoso de las minorías,
habiendo proferido comentarios antisemitas en reiteradas ocasiones.
Veamos
antecedentes más actuales. Jadue se encuentra imputado por el
millonario caso de luminarias, cuyo desenlace conoceremos pronto. A esto
se suman sus últimas declaraciones. Si es electo, Jadue pretende
solicitar el apoyo de las FF.AA. (institución no deliberante) para su
futuro gobierno y ha pretendido influir en el órgano encargado de
redactar la Constitución, que es la ley donde precisamente están los
límites que impiden a los gobernantes hacer lo que quieran. Otro tanto
se puede decir de su programa de gobierno (que da para otra columna), el
cual es inviable económicamente y dinamita elementos que han llevado a
Chile a ser de los países más prósperos de Latinoamérica, incluidas la
autonomía del Banco Central, la apertura internacional y el derecho de
propiedad.
En
síntesis, no hay nada en Jadue que permita presagiar algo distinto a lo
que el comunismo ha mostrado tantas veces. Posiblemente no lleguemos a
ser ni Corea del Norte ni Venezuela, pero hay varias escalas entremedio.
El caso más cercano está al otro lado de la cordillera. Con una pobreza
del 42% y con varios millones de personas sin acceso a agua potable,
Argentina nos recuerda de que no todo lo que brilla es oro y que la
credulidad tiene su precio.