Tuve
un amigo cercano que se murió hace unos años. Falleció en su casa, sin
aviso ni señales. Como cada día, se levantó a prepararle el desayuno a
su esposa, pero le dijo que volvería a acostarse, porque estaba cansado.
Murió a mediodía, de un infarto. Lo enterramos con cantos y lamentos.
Quienes fuimos sus amigos, pensamos que, finalmente, tuvo una bella
muerte; se fue durante el sueño, probablemente sin darse cuenta. Esta
observación, que es en el fondo un anhelo para nuestro propio fin,
corresponde a la época que vivimos, donde no solo nos cuesta aceptar la
muerte, sino, sobre todo, el sufrimiento que a veces la antecede.
La
palabra eutanasia —del griego eu (bueno) y thanatos (muerte) — quiere
decir “tener una buena muerte”. Pero, ¿qué es una buena muerte hoy?; y
escribo hoy, porque el calificativo de buena, para la muerte, ha variado
enormemente en la historia. En la Ilíada se valora la muerte heroica
del combatiente y se condena la mala muerte del anciano. En los primeros
años del cristianismo se ensalzaba la inmolación del mártir que se
entregaba a Dios, lo que cambió únicamente, siglos más tarde, con
Agustín de Hipona. Si hoy nuestra sensibilidad nos lleva a desear una
muerte rápida,
no era el caso a fines de la edad media, cuando en la Iglesia Católica
se rezaba: “y líbranos, Señor, de la muerte súbita e imprevista”, ya que
nada era peor que fallecer sin los sacramentos. Se requería una
“agonía” (del griego agon, lucha), en circunstancias que actualmente se
busca evitar que el enfermo luche angustiantemente (agonice) por su
vida. Para varias religiones, la vida no pertenece al individuo; ésta
solo se le presta por el tiempo terrenal. “Dios da la vida y Dios la
quita”, afirman los cristianos y, para ellos, el suicidio ha sido
considerado un crimen cuya víctima es el mismo culpable del delito.
Actualmente, en sociedades cada vez más laicas, la muerte digna es la
que llega con el mínimo de sufrimiento y acorta la agonía, lo que en
realidad es un paso hacia la eutanasia. Ante el suicidio ya no hay
condena moral y se avanza rápidamente hacia el derecho de toda persona a
elegir dignamente el momento y la forma del final de su vida. Se impone
Sócrates sobre Hipócrates: mientras el primero recurrió al veneno y
esperó su efecto junto a sus amigos, el segundo hizo que los médicos
juraran “a nadie daré una droga letal, aunque me la pidan, ni daré
consejo con este fin”.
En
el programa del actual gobierno está contemplado legislar sobre la
eutanasia. Todo indica, sin embargo, que la complicada situación actual
retardaría el debate, lo que sería una lástima. Pero hay varios países
donde éste se está llevando a cabo. En Francia, una “convención
ciudadana” de 150 personas, elegidas por sorteo, deberá estudiar las
condiciones del fin de la vida. El debate opondrá a los partidarios de
una ayuda activa o pasiva a morir —en otras palabras, de la eutanasia— y
quienes solo aceptan los cuidados paliativos que persiguen evitar el
sufrimiento físico y psíquico del paciente. Un debate moral y ético,
acerca del derecho a decidir sobre nuestra propia vida, o delegar ante
el cuerpo médico y los seres más cercanos, esta crucial decisión.
Todo
indica que, de la misma manera en que se ha llegado a aceptar el
suicidio y la interrupción del embarazo, desprendida hoy la sociedad de
muchos estereotipos religiosos, y situando a la persona como único
centro y sentido de la humanidad, pareciera crearse un consenso en torno
a la convicción de que se debe evitar el sufrimiento del agonizante.
Pero este consenso abarca cualquiera de las dos opciones del debate:
acompañar el proceso final evitando el sufrimiento, o actuar en forma
activa, en determinadas condiciones, para provocar el fin de la vida.
Queda abierta, sin embargo, la contradicción principal. ¿Quién decide y
cuándo se decide poner término a la vida? Estimo que sería oportuno recoger fundamentos y legislar pronto sobre el tema.