El embajador argentino y el principio de la no intervención

Como
si estuviera en una conversación privada con los “amigos de la relación
con Argentina”, en una entrevista con un medio local el embajador
Rafael Bielsa ha calificado al candidato presidencial José Antonio Kast
como “rupturista”, “pinochetista”, “antiargentino” y “xenófobo”,
permitiéndose mucho más que un exabrupto: ha incurrido en una directa (e
innecesaria) intervención en los asuntos internos chilenos. El señor
Bielsa ignora o pretende ignorar (o no le importa) que, entre las
obligaciones del cuerpo diplomático, la propia Convención de Viena sobre
las relaciones diplomáticas expresamente establece que estos agentes
están “obligados a no inmiscuirse en los asuntos” del país en que están
acreditados. Sobre esta obligación descansan no solo los privilegios y
exenciones de los diplomáticos, sino también -muy importante- su
inmunidad. Tan burda e innecesaria ha sido la intervención en los
asuntos internos chilenos del embajador argentino, que esta ha obligado a
casi un inmediato comunicado de nuestra Cancillería, en el cual el
Gobierno se ha visto en la incómoda obligación de rechazar su actitud y
sus declaraciones. En contexto, esto debe entenderse como una
advertencia: la próxima estación es -conforme con la misma Convención de
Viena- que se le declare “persona non grata”. El impacto sobre la
relación bilateral sería muy grave. Todos sabemos que el principio de no
intervención en los asuntos internos de otro Estado constituye un pilar
del sistema internacional. Sin el respeto a este principio, las
relaciones entre Estados serían no solo caóticas, sino que
permanentemente favorables a “los más fuertes”. Por lo mismo, tanto la
OEA (art. 19 de su “Carta”) como Naciones Unidas (Resolución ONU 2131
(XX)) han reconocido a la no-intervención como un requisito sine qua non
para el funcionamiento de las relaciones internacionales. Nada de esto
parece importarle al señor Bielsa. Las relaciones bilaterales entre
Chile y Argentina son demasiado importantes para quedar a merced de los
exabruptos de un solo funcionario. Si bien es

cierto que estas relaciones son complejas (y a veces difíciles y
ásperas), lo concreto es que ambos países deben esforzarse por mantener
abiertos los canales de comunicación para dialogar, solucionar
problemas, colaborar y coordinar acciones de mutuo beneficio. Desde este
ángulo, la condición a la que el señor Bielsa se ha sometido a sí mismo
no contribuye al buen desarrollo de la relación chileno-argentina. Un
asunto tan relevante para millones de ciudadanos a ambos lados del
límite internacional no puede quedar sometido a las simpatías o
antipatías de un solo funcionario, cuya obligación -además- no es la de
dividir ni separar, sino que acercar. En Argentina y en Chile hay todo
tipo de opiniones respecto del tipo de relación que nos conviene.
Incluso, la actual vicepresidenta de Argentina se ha permitido, por
ejemplo, afirmar que su país “debe tener” una “salida soberana al Océano
Pacífico”. Si Chile condicionara la relación bilateral a obtener una
“aclaración” sobre este asunto, es posible que entraríamos en un estado
de statu quo que, entre otros efectos colaterales, produciría una fila
de decenas de kilómetros de automóviles y camiones parados a ambos lados
de la frontera. No es la idea. Cualquiera sea el resultado de la
segunda vuelta presidencial del 19 de diciembre, los funcionarios
diplomáticos sobre los que pesan grandes responsabilidades deberían
recordar que la prudencia es reconocida como “la reina de las virtudes”.
En el caso de que el señor Kast resultare electo como el próximo
Presidente de Chile, la relación entre nuestro país y Argentina deberá
continuar. Probablemente con nuevos énfasis, pero, de todas formas,
deberá continuar.

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