El embrujo asambleísta

Una
Convención Constitucional, a pesar de que se le disfrace con otro
nombre, es una Asamblea Constituyente. Vale decir, una institución
electa con el solo objetivo de redactar una constitución. En Chile se
acordó llamarla “Convención” por la mala reputación del mecanismo, que
ha posibilitado graves retrocesos en las democracias de distintos países
de la región. Tampoco es el mecanismo más utilizado en el mundo. En
este contexto, y pese a la pésima experiencia de la Convención, cabe
preguntarse por qué las fuerzas políticas de lado y lado siguen
empecinadas en que sea una asamblea constituyente la que resuelva el
asunto constitucional.

Es que existe una especie de embrujo asambleísta instalado en la clase política chilena.

Las
asambleas constituyentes tienen un gran atractivo teórico. La gran
virtud conceptual que confiere un poder irresistible a la asamblea
constituyente es que esta sería más representativa del verdadero pueblo
que cualquier otra instancia. La idea es tan seductora y tiene tal
tracción que es difícil sacudirse de ella, actuando como una especie de
embrujo.

Sin
embargo, los beneficios teóricos resultan usualmente opacados por lo
que realmente ocurre en la práctica. Uno de los vicios esperables en
este tipo de instancias es que suelen ser cooptadas por grupos de
interés que, sin ser mayoritarios, tienen mejor capacidad de
organización política que el resto. Lo señalado aplica a todo tipo de
asambleas: un cabildo, una asamblea constituyente o un consejo de curso.
Fue precisamente esto lo que hizo fracasar a la Convención, cuya
propuesta identitaria, afortunadamente, no hizo sentido a la mayoría.

El
hechizo también lleva a algunos a sostener que una asamblea
constituyente es una instancia donde el pueblo escribe sus propias
reglas, sin mediación de los partidos políticos, con poco crédito por
estos días. Pero, como demostró la Convención, esto es una fantasía. Los
partidos jugaron un rol preponderante lo que, de hecho, es esperable y
hasta deseable. Más aún, en este momento los partidos ya se encuentran
sondeando posibles constitucionales para una nueva Convención.

Otro
efecto del hechizo es la idea de que el Congreso está incapacitado para
tener cualquier rol que no sea de simple habilitador del proceso
constitucional, por estar deslegitimado. Esta idea es peligrosa y
quienes la sostienen harían bien en revisar sus credenciales
democráticas. El Congreso es la institución de representación
democrática por excelencia y quienes creen que no puede redactar leyes
tal vez piensen también que en realidad no debe existir algo como un
congreso. Todo eso a pesar de que millones de personas votaron a sus
congresistas solo meses atrás. De hecho, el Congreso podría
perfectamente elegir a un grupo de representantes políticamente
transversal para la elaboración de un proyecto de constitución que
después sea plebiscitado, lo que incluso podría contribuir a su
relegitimación.

Pero
quizás lo más sorprendente es que la derecha (en realidad Chile Vamos),
tradicionalmente contraria a las asambleas, haya sido presa fácil del
embrujo. Desde ese sector, quienes apoyan una nueva asamblea
constitucional, señalan que los riesgos se pueden mitigar ajustando el
mecanismo de elección de convencionales. Curioso caso de amnesia
constitucional. De hecho, estas reglas existían para la elección de
convencionales pasadas y fueron modificadas en el contexto del hervidero
político en que se había transformado nuestro país, permitiendo un
número excesivo de escaños reservados y listas de independientes que
potenciaron las lógicas asambleístas. Lo que no parece haber aprendido
dicho sector es que una vez que se saca al genio de la botella es
difícil volver a guardarlo. La explicación alternativa es que Chile
Vamos esté dispuesto ir en contra de su electorado porque cree que puede
obtener mayoría en una eventual Convención. Una especie de suicidio en
cámara lenta.

Es
inexplicable que se persevere en una idea que resultó tan mal, no
viendo el amplio abanico de alternativas disponible. Por ejemplo, en
España, cuyo contexto político post dictadura de Franco era bastante más
complicado que el nuestro, el Congreso designó a siete diputados de
distintas tendencias políticas para que redactaran la Co
nstitución,
la que fue aprobada por amplia mayoría y goza de buena legitimidad hoy.
Alternativas hay varias, es cosa de deshacerse del embrujo para poder
mirarlas.

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