Así
rezaba el título de una antigua película que parodiaba diversas
situaciones de la sociedad del momento y que hoy nos vuelve a la
realidad.
No
solo hay locura por las diferencias religiosas que hoy tienden a
predominar el dividido mundo, volviendo a la época de las cruzadas, sino
por la enfermiza necesidad de la acumulación de riquezas de un pequeño
sector que no trepida en aspirar a más y mejores condiciones de su
propio bienestar.
Las
reclamaciones sociales ya no son un simple llamado de advertencia,
ahora la exigencia es cada vez más profunda, y si no hay una reacción
inmediata ya se “autoautoriza” el uso de la fuerza para conseguirlas.
Todos quieren ser representantes del pueblo y muchos se han quedado en
eslóganes anquilosados y que utilizan para dañar, más que para promover o
promocionar sus programas. Cuando sean electos (por sus escasos votos)
se encontrarán con la exigencia del resto del público que no les
permitirá andar tranquilos por las calles ni por las redes sociales.
La
pandemia que nos ha afectado en estos últimos dos años y el encierro
han mostrado una cara que parecíamos desconocer: la falta de respeto a
la autoridad moral, política y policial ha explotado y ha mantenido a
estos segmentos en reductos cada vez más estrechos y pocos creíbles.
Esto es preocupante en extremo y nos puede llevar a una situación de
anarquía sin precedente.
La
locura está en todas partes. Salimos a la calle sin saber si volveremos
enteros. Poco a poco la delincuencia ha llegado a niveles
insospechados, donde las balas surcan el aire y limitan o dañan
irremediablemente vidas que nada debían. En las calles los choferes de
vehículos se comportan de manera agresiva sin respetar normas de
tránsito o, al menos, conductas que permitan dar seguridad. No hay que
mirar a nadie que vaya al costado, no se puede bocinear al que se pega
en el celular y de pronto nos vemos corriendo por salvarnos. Los
peatones no lo hacen nada mal tampoco. Las veredas ya no son puntos de
encuentro y de saludo. Si te llegas a detener para abrazar a un amigo al
que no has visto lo más probable es que alguien se ofenda porque le
obstaculizas su paso raudo. Incluso patear coches de niños.
Ya
no se puede mirar con atención para intentar reconocer los ojos que
sobresalen de las boquillas multicolores. Se puede malinterpretar y
recibir una sarta de improperios. Parece que la sociedad está en carne
viva y que cada cosa que se haga saliendo de los cada vez más estrechos
márgenes sea considerada una agresión. Todo aparece como discriminación,
atentado o vulneración y hay especialistas en identificarlas.
Eso
es nada más que una locura que debe ser corregida pronto para evitar
llegar a los niveles que se viven en países como EE.UU. La exacerbación
de los derechos de las personas no debiera significar libertad de
conducta. Se ha olvidado que frente a los derechos están las
obligaciones y que si estas no se acatan tendremos una sociedad
intolerante e indolente donde los más descarnados representantes serán
nuestros propios hijos que están aprendiendo muy rápido.
La
locura es contagiosa y mientras más se permita su propagación más
difícil será restringirla y sentirse dispuesto a oponerse a ella. Para
una sociedad chilena pasiva, acostumbrada al sometimiento y el silencio
por temor a la represión, resulta un caldo de cultivo para que se
expanda.
La locura está en las calles y hay que andar con cuidado, despierto y alerta.