Al
escuchar sobre la ballena azul (también llamado rorcual gigante)
inmediatamente se nos viene a la mente que es el animal más grande que
actualmente vive en nuestro planeta Tierra; y claro que sí, pues alcanza
longitudes de hasta 30 metros. También se le asocia de manera
instintiva que su coloración es de tonos azulados con manchas o motas
más claras en todo su cuerpo.
Debido
a su gran corpulencia (longitud), esta ballena fue también blanco
predilecto de la ballenería que operaba en todas partes del mundo entre
los siglos XIX y XX, ya que un solo animal proveía, por lejos, la mayor
cantidad de aceite y carne que cualquier otra especie de ballena. Así,
el incentivo de cazar estos animales era muy bien recompensados a los
capitanes y tripulación de los barcos cazadores que merodearon en todos
los océanos, hasta que ocurrió lo inevitable, sus poblaciones decayeron
desde unos miles de animales a tan solo unos cuantos cientos de
individuos. Pero esta actividad también permitió generar muchísima
información científica de gran valor hasta los días de hoy, y una de
ellas es la que nos ataña en esta columna. Ya en 1966, el reconocido
investigador japonés -Dr. Tadayoshi Ichihara- descubrió que en el
hemisferio sur existían dos subespecies de rorcual gigante, las ballenas
azules antárticas y las ballenas azules pigmeas. Este descubrimiento se
basó principalmente en las diferencias en la longitud máxima de
animales sexualmente maduros, la proporción de longitud del ancho de las
placas de barbas, y la proporción de la longitud de la región caudal
(medida desde el ano a la escotadura caudal) con respecto a la longitud
total del animal.
En
aguas chilenas ambas subespecies habrían sido cazados ya sea durante la
migración en el caso de la ballena azul antártica, y cercanos a la
costa que corresponderían hipotéticamente a la ballena azul pigmea.
Así,
el Dr. Pastene (Cetacean Research Institute, Japón) junto al Dr. Jorge
Acevedo (Fundación CEQUA, Chile) y el Dr. Trevor Branch (Universidad de
Washington, EEUU), abordaron este problema taxonómico y cuyos resultados
fueron publicados en la revista Marine Mammal Science. Los principales
puntos fueron que la longitud corporal máxima y la longitud corporal
media de hembras y machos de ballenas azules chilenas sexualmente
maduros son intermedias entre las ballenas azules pigmeas y antárticas; y
que las longitudes caudales (medida desde el ano a la escotadura
caudal) de las ballenas azules chilenas son significativamente
diferentes de las ballenas azules pigmeas del Océano Índico, pero no
altamente diferenciables de las ballenas azules antárticas.
Adicionalmente, los análisis también mostraron un cierto grado de apoyo
en cuanto a que las mediciones entre el centro del ojo y la punta del
hocico de las ballenas azules chilenas serían diferentes de la
subespecie pigmea y antártica. Se debe hacer notar que tanto la longitud
media y las longitudes caudales fueron elementos claves que permitió al
Dr. Ichihara separar las subespecies en pigmea y antártica.
Finalmente,
el trabajo proporciona una confirmación adicional de que las ballenas
azules chilenas son una población distinta, y por lo tanto, requiere un
manejo separado de las otras poblaciones de ballenas azules del
hemisferio Sur. Además, los datos morfométricos también son consistentes
con el planteamiento de que las ballenas azules chilenas son distintas
de la subespecie de ballenas azules pigmeas. Este importante resultado
junto con estudios recientes de acústica, genética y telemetría
satelital, muestra que el país alberga una población única de ballenas
azules y como tal debemos destinar mayores esfuerzos para su protección y
conservación. Así mismo, esto es también otro ejemplo de la
contribución que se realiza en el quehacer diario de la Fundación CEQUA,
extendiendo la ciencia desde el extremo austral de Chile hacia el país y
al mundo.