En
el escenario actual, en que la infancia enfrenta múltiples desafíos, el
juego emerge como un derecho esencial y una herramienta transformadora
en el desarrollo de niños y niñas. Sin embargo, cabe preguntarse: ¿qué
tan conscientes somos de la importancia del juego en la vida de los más
pequeños?
Para
la Asociación Americana de Terapia Ocupacional el juego es “actividades
que están motivadas de forma intrínseca, controladas de manera interna y
libremente elegidas, que pueden incluir la suspensión de la realidad”.
Esta definición resalta su carácter libre y autónomo, diferenciándolo de
otras actividades dirigidas o impuestas. A su vez, la Convención sobre
los Derechos del Niño de 1989, sitúa al juego al mismo nivel que la
educación, la salud y la protección, destacando su importancia en el
desarrollo integral de la niñez.
Lejos
de ser una actividad trivial o meramente recreativa, el juego es una
práctica que impacta positivamente en múltiples aspectos del desarrollo
infantil, como el desarrollo de habilidades cognitivas, motoras y
socioemocionales, así como la promoción de la creatividad y la
resiliencia. Las y los niños no sólo aprenden a interactuar con el mundo
que los rodea, sino también desarrollan competencias esenciales para la
vida, como la resolución de problemas, la toma de decisiones, la
empatía y la comunicación efectiva.
El
juego contribuye al desarrollo físico y cognitivo, pero también actúa
como un protector de la salud mental. En un contexto global donde las
tasas de ansiedad, depresión y otros trastornos de salud mental están en
aumento, especialmente en esta etapa de la vida, promover el juego como
una actividad esencial puede tener efectos significativos en la
prevención y mitigación de estas dificultades. El juego proporciona un
espacio seguro donde los y las niñas pueden expresar sus emociones,
experimentar diferentes roles y escenarios, desarrollando mecanismos de
afrontamiento saludables, transformándose en una oportunidad de alcanzar
su pleno potencial.
Pese
a su reconocida importancia, el tiempo destinado al juego ha disminuido
drásticamente en las últimas décadas, y Chile no es la excepción a esta
tendencia global. La psicóloga y experta en educación Heike Freire
advierte que los niños han perdido alrededor de 25 horas semanales de
juego espontáneo en los últimos 30 años, algo que puede atribuirse a una
combinación de factores, como la falta de espacios seguros, la
creciente presión académica que se impone a edades tempranas, el
incremento de actividades estructuradas, una vida familiar sobrecargada,
y el uso excesivo de dispositivos electrónicos.
El
nuestro país esta situación se agrava por desigualdades socioeconómicas
que afectan el acceso de muchos a espacios de juego de calidad. En
barrios con mayores niveles de pobreza, las plazas y parques son escasos
o, si existen, no cuentan con las condiciones necesarias para ser
considerados adecuados y seguros.
Esto
plantea la urgente necesidad de generar políticas públicas para
integrar y valorar el juego en los contextos educativos y sociales,
promoviendo el acceso equitativo a este, reconociendo que el juego no es
un lujo, sino una necesidad fundamental, un derecho que debe ser
garantizado y protegido, lo que implica no solo la creación de espacios
adecuados para el juego, sino también la promoción de una cultura que
valore el tiempo libre y el juego espontáneo como componentes esenciales
del desarrollo infantil.