Uno
de los coletazos del proceso constituyente es que de la noche a la
mañana el concepto de “fake news” -la difusión de información falsa- se
instaló en la agenda pública de nuestro país. En este contexto, hace
algunas semanas, la Cámara de Diputados dictó un proyecto de resolución
para rechazar el uso de fake news en política. Asimismo, la ministra de
la Secretaría General de Gobierno, Camila Vallejo, participó
recientemente en un foro OCDE contra fake news. La idea que inspiraría
esta guerra contra la información falsa es que las decisiones
democráticas son aceptables sólo cuando son tomadas sobre la base de
información veraz.
Sin
embargo, este control, que a primera vista pudiese parecer adecuado,
inevitablemente termina socavando la libertad de expresión, pilar
fundamental de la democracia y sin la cual ésta simplemente no puede
existir.
La
libertad de expresión es la posibilidad de expresar nuestros
pensamientos de la manera que queramos sin limitación ni censura. La
desventaja de este derecho es que una persona puede emitir una opinión
interpretable, polémica, basada en información incorrecta o derechamente
falsa. Vale decir, la libertad de expresión implica que tenemos derecho
a estar equivocados, algo que seguro todos hemos experimentado más de
alguna vez. El problema de establecer controles a la información es
quién decide que información es verdadera o falsa en cuestiones que
muchas veces son debatibles. Acá es donde se abre una puerta para la
arbitrariedad y el control político de la información.
En
ese sentido, si bien la información falsa puede causar ruido en la
discusión democrática, es un costo que vale la pena pagar, dado que el
control de la opinión siempre supone un intento de instalar una verdad
oficial que le niega la opinión a los demás. J.S Mill decía que negarse a
oír una opinión, porque se está seguro de que es falsa, equivale a
afirmar que la verdad que se posee es la verdad absoluta. En ese
sentido, toda negativa a una discusión implica una presunción de
infalibilidad propia, la cual es incompatible con la democracia, que
supone la discusión de ideas y no la imposición de verdades.
De
hecho, el debate constitucional ha dejado en evidencia que la denuncia
de fake news ha sido utilizada primero como estrategia y después como
consuelo.
En
el plano político, la denuncias de fake news se han usado como
estrategia para desprestigiar al adversario político, renegando así de
la discusión de argumentos, la cual es indispensable para un correcto
debate público. Al final, es más fácil acusar a alguien de esparcir
noticias falsas que discutir razones, sobre todo en materias que si bien
son técnicas también son interpretables, como lo es una constitución.
Un ejemplo de esto es el debate que se dio respecto al derecho a la
vivienda en el proyecto de constitución. Desde el apruebo se acusó que
el rechazo difundió que las casas serían expropiadas, información que
era falsa. Pero ¿se podría asegurar que quien votó rechazo lo hizo
efectivamente pensando que le iban a quitar la casa o habrá votado
motivado por considerar que la única vivienda digna es la propia,
cuestión que fue discutida y rechazada por la Convención? La primera
interpretación no parece plausible.
Pensar
que el rechazo ganó en base a fake news también es un pensamiento que
puede aportar consuelo. Sin embargo, esta negación también puede
esconder una incapacidad no solo de aceptar la mera posibilidad de estar
equivocado, sino que también la de reconocer en el otro a una persona
capaz de formarse su propia opinión. Por lo mismo, atacar las fake news
en el contexto de una elección es también una forma de infantilizar a
las personas, ya que supone que éstas no tienen la capacidad de
discernir lo falso de lo verdadero y que son fácilmente manipulables por
mentiras muchas veces rústicas y mal elaboradas.
Los
intentos por coartar la libertad de expresión usualmente se hacen en
nombre de la democracia, pero suelen esconder otros motivos. Lo que
sucede habitualmente es que esta intervención termina socavando la
democracia y, en casos extremos, eliminándola. Es por eso que cualquier
intento por controlar la información debe ser mirado con sospecha.