Un
7 de abril de 1889, hace exactamente 135 años, nace en Vicuña, Lucila
de María Godoy Alcayaga. La futura poeta, escritora, maestra, directora
de liceos femeninos y cónsul. La futura profesora y conferencista
invitada a universidades fuera de Chile. La futura laureada con cinco
doctorados honoris causa. La futura primera persona y mujer de
Latinoamérica galardonada con el Premio Nobel de Literatura en 1945; y
luego de esto, tal vez un poco tardíamente, la merecedora del Premio
Nacional de Literatura de Chile en 1951. Y, para seguir mostrando sus
logros en 2018, la reconocida y valorada como una de las 100 mujeres que
cambiaron al mundo, según la revista “BBC History”.
Hoy
quiero recordar que esta mujer con tales credenciales nos legó —entre
otros muchos temas y valores— la importancia de hacer muy bien nuestro
trabajo profesional. Les dirá a los más chicos en un poema intitulado
“El maestro rural” de 1917: “Son benditos niños, todos los oficios, //
el abrir los suelos y el moldear el pan, // el besar con boca convulsa
cilicios: // ¡todos modos hondos, dulces ejercicios // por los que los
hombres, rumbo a Dios se van!”. Para Mistral, todos los trabajos tanto
manuales como intelectuales, “son benditos”, es decir, venerables,
respetables, dignos, y por meritorios, llevan a Dios si son realizados
con buena intención. Para Mistral, todo trabajo es un “modo hondo”, un
“dulce ejercicio”, una actividad recóndita que influye en quien la
realiza. El trabajo modifica a la persona por dentro: forja su carácter,
desarrolla en ella virtudes y aptitudes, la hace aprender a convivir y a
cooperar con los demás, contribuyendo así al bienestar de la sociedad.
Pero
Mistral destacó su mayor preocupación denunciando el trabajo mal hecho.
Lo expresó en la “Conferencia para maestros: el cultivo del amor
patrio” de 1916: “domina una pereza general, tanto en jefes como en
subalternos, para cumplir y hacer cumplir religiosamente el deber de
cada uno; se encuentra natural que todo se haga a medias; que ningún
servicio público funcione a la perfección, que ninguna obra merezca el
título de excelente, sino apenas el de mediocre”.
Un
trabajo mediocre, realizado a medias, hace mucho daño no solo al
destinatario, sino especialmente a quien lo realiza. Un trabajo
realizado con perfección es una actividad con detalle, poniendo en ella
toda la humana atención y concentración posibles, realizándola del mejor
modo, bien acabada, ordenada, hecha con cariño y con actitud de
servicio, con una sonrisa en el rostro, para que quien la reciba se
sienta auténticamente servido. Son ejemplos de esto que se ha dicho: un
mensaje o un informe bien redactado, que pueda ser entendido a la
primera lectura; una buena clase, bien organizada, con actividades que
realmente procuren el aprendizaje de los estudiantes.
La
misma Mistral fue ejemplo de trabajo bien hecho. Jamás entregó a la
prensa o a editorial alguna un poema o un texto en prosa sin haberlo
corregido hasta estar totalmente satisfecha. Y si un nuevo editor le
pedía un mismo poema ya publicado anteriormente en otro lugar, lo volvía
a revisar y le hacía retoques, añadidos y cambios. Así, Gabriela
Mistral nos legó ese valor que tanta falta hace en nuestros tiempos y en
nuestra Latinoamérica: trabajar bien y con perfección. O con palabras
de nuestra poeta, con un “desempeño cumplido y leal de nuestra
profesión” o, más bien, con un “cumplimiento perfecto de nuestro
menester”.