La
risa que expresa la alegría es universal. Reímos y buscamos hacerlo
como una forma de convivencia social. Reír y hacer reír es un
comportamiento observable en todas las civilizaciones, y existen
especialistas que hacen de la risa su oficio y nosotros pagamos para
reír con ellos. Así, contradiciendo
el refrán popular, podríamos afirmar que la risa abunda, no solo en la
boca de los tontos, sino también en quienes estimamos no serlo tanto. El
humor se expresa de diferentes maneras: conversaciones, discursos,
comedias, afiches, caricaturas, sátiras, cómics, programas televisivos y
“rutinas” de humoristas. En resumen: todos reímos. Pero, ¿Reiremos
todos de lo mismo? ¿Podremos reír de todo?
Chile
pareciera tener la risa fácil. Nos consideramos “buenos pa’ la talla” y
al observar nuestro comportamiento colectivo, creo que esta afirmación
se confirma. Abunda la broma anónima y espontánea, la burla fácil sobre
defectos ajenos y, sobre todo, sobre sexo, reveladora a veces, de
frustraciones y complejos. El famoso “doble sentido” se encarna en el
relato del bromista ocasional y del humorista profesional. Los sketches
son cada vez más explícitos en palabras y gestos. Cuanto más osado el
chiste (“picante”, decíamos antes), más aplausos en la galera. Hay una
suerte de relación obsesiva entre nuestros chistes y el sexo y, cuando
sabemos que el humor es un reflejo profundo de la cultura, existirían
motivos para preocuparse. Creo que Freud se hubiera deleitado analizando
nuestro sentido del humor.
Huelga
decir que el sarcástico humor inglés es muy diferente, como lo es
también el de muchos judíos, acostumbrados a reírse, hasta con crueldad,
de sí mismos. Los polacos también ríen mucho de sí mismos, pero
prefieren hacerlo de rusos o alemanes, y en esto se parecen a los
franceses, que se mofan de los belgas; según ellos, lentos e ingenuos.
Hay en las bromas de algunos países africanos una inocencia envidiable.
Sin ir tan lejos, los argentinos
ríen a menudo de cosas bien diferentes; Mafalda no es la única en poner
la vara alta y sabemos que no es lo mismo escuchar los chistes de
Natalia Valdebenito que gozar con la fineza de Los Luthiers.
El
humor ha sido y es un arma política potente que se expresa en las
democracias en forma abierta y corrosiva; lo saben perfectamente Piñera y
Boric. En las dictaduras, el chiste puede llegar a ser una bomba de
racimo, y vale más que afiches y panfletos.
Hoy,
algunos se preguntan por los límites del humor. La moral y las buenas
costumbres suelen responder muchos, sin interrogarse a fondo sobre estos
conceptos, pues las costumbres cambian con el tiempo y, lo que antes
solía ser aceptable, puede ahora tener otra connotación. La moral es
también evolutiva y los juicios morales —a menudo excusas de
conservadores— se condicen poco con la libertad de expresión que
conlleva el humor. El tema es complejo y daría para largos debates.
Contra la ofensa personal a través del humor, la legislación entrega
recursos, no siempre utilizados por los ofendidos. Ante la ofensa a lo
sagrado —blasfemia para quienes profesan una religión o doctrina— el
asunto se complejiza y el fanatismo se manifiesta: amenazas, cárcel y
hasta “fatuas” ordenadas por religiosos, seguidas de atentados y
muertes, como aquel perpetrado contra Charly Hebdo, en París, por haber
publicado caricaturas de Mahoma, hace unos años.
Lo
que sabemos menos, es que hoy existe una corriente que se dice
progresista, que preconiza una cultura de cancelación contra artistas y
humoristas. So pretexto que no se puede reír de minorías oprimidas, se
impide violentamente o a través de la amenaza que conduce a la
autocensura, toda broma hacia cualquier identidad racial, étnica o de
género. Para los representantes de ese oscurantismo, reírse sobre temas
que ellos consideran “políticamente incorrectos” es una discriminación
de la raza blanca opresora que se siente superior. Hay cientos de
humoristas cancelados actualmente en Europa y Estados Unidos por estos
progresistas de métodos cercanos al fascismo. Es además preocupante que
esta cancelación del humor provenga a veces de “intelectuales” de
prestigiosas universidades y se esté propagando como peste. Así,
condenando este proceder contrario a la libertad de expresión, vaya para
esos fundamentalistas esta máxima anónima: “sin sentido del humor, la
vida no tendría sentido”.