Como
nada es gratis en la vida, debemos trabajar para subsistir. Después
podemos pensar en invertir en la casa propia, en la familia y ojalá
darse algunos gustos.
Al
ingresar al mundo laboral el rendimiento es extraordinario. Adaptando
la jerga popular “los pulmones están sin uso”. Esto permite trabajar
horas extras, pitutear, etc. Después de los 40 años notamos que el
rendimiento cambia, siendo notorio el desgaste, el cual depende también
del tipo de actividad que realicemos. Por supuesto existen notables
excepciones de personas que, en distintos rubros, mantienen un buen
ritmo de trabajo, incluso en la tercera edad.
En
la vejez, ya no podremos generar recursos extras, y sabiendo que
nuestras pensiones serán bajísimas, comenzaremos la dependencia en los
servicios del Estado. Un número considerable de chilenos que hoy somos
fuerza laboral y que utilizan servicios privados, nos encontraremos en
los CESFAM (algunos fuera de la región hacen espectáculos), hospitales
públicos y toda entidad social que nos permita subsistir, con el anhelo
de pasar los últimos años de nuestra vida tranquilos y con dignidad.
Por
eso la importancia de los impuestos, para robustecer el aparataje
estatal. Este año, según el presupuesto a la nación, por cada $100 que
ingresan a las arcas del Estado, $68 son impuesto. Y esto depende de
los niveles de ingreso del país (productividad) y también del
cumplimiento tributario. Es decir, de nada sirve que el privado crezca,
si no aporta el impuesto correspondiente.
Un
comerciante antiguo diría “compro barato para vender caro”. En esa
operación formal, ese comerciante queda afecto a dos impuestos: impuesto
a la renta por las ganancias, y el IVA del 19% que cobra a sus
clientes. El comerciante al no emitir la boleta por ventas en efectivo
por transferencia, está evadiendo impuesto. Y lo más triste, que es en
complicidad con el que compra, y que no se da cuenta que es a él a quien
están robando, ya que el IVA se lo cobran igual.
Por
su parte, los entes fiscalizadores focalizan toda su artillería en los
locales establecidos, aplicando los mecanismos y evidencias existentes
como facturas y boletas electrónicas, recaudadores electrónicos,
registro de compra y venta, pero no se aplica fiscalización alguna al
comercio informal.
En
los últimos meses, hubo una campaña de fiscalización a los expendios de
bebidas alcohólicas, aplicándose hasta la última coma de la Ley. Eso
está bien ya que el formalizado subsana detalles para evitar sanciones.
Pero lo que está mal, es que los clandestinos funcionen en la mayor
impunidad sin pagar impuestos, generando desordenes que molestan a la
comunidad y son competencia desleal de los formalizados. Si faltan
herramientas legales para detener ese comportamiento, los entes
fiscalizadores deben plantear a los parlamentarios
que se redacte la ley correspondiente. Pero si no sugieren y/o los
parlamentarios no acogen, esta vida que no es justa, será aún más
injusta.