Es probable que quienes pensábamos, quizás ingenuamente, estar participando democráticamente en la construcción de un país holgado y amistoso, tengamos sobre nosotros el fantasma de la ausencia de alternativas. Y es probable que, quienes estaban quedando al margen de ese afán constructivo de una mejor sociedad, también hayan estado viviendo en un mundo sin alternativas. Ambos sectores han quedado atrapados en una confrontación que genera incertidumbres y hastíos y siembra una sensación de desconfianza total en la capacidad de empatía subyacente a toda posibilidad de construcción social inclusiva e igualitaria. Esta característica se transfiere a una situación generalizada de precariedad laboral, falta de lazos sociales sólidos y de confianza en compromisos afectivos o profesionales duraderos y que golpea con mayor fuerza y claridad a los constituyentes de la llamada Generación X, a los y las jóvenes de hoy. Nuestro actual convivir diario y republicano, se da dentro de una sociedad cada vez más global, pero cada vez más fragmentada y contrapuesta, desligada y líquida, en un ambiente cada vez más saturado y automatizado y con una profusión simultánea de información real y falaz. Se intenta explicar esta realidad con la idea de que formamos parte de una sociedad de consumidores, desregulada y desorganizada, atomizada e individualizada, fragmentada, desarticulada y privatizada. Una sociedad que fuerza a confundir la guerra con la paz o la coacción con el cariño y la ayuda bienintencionada. Una sociedad chilena cuyos elementos constituyentes están en grave conflicto, con una crisis que vuelve a tensionar los poderes del Estado en la búsqueda de soluciones que eviten la explotación del hombre por el hombre, los privilegios y la intolerancia. En otras palabras, de consensos sociales que permitan retomar la vigencia y necesidad de los viejos postulados de Libertad, Igualdad y Fraternidad. Esto valores siguen siendo la base para el desarrollo de una República que no acepta la violencia, pues ella es negación de la convivencia razonable propia de una sociedad del Siglo XXI que ya no admite vulneraciones de los derechos fundamentales del ser humano. Lo fundante de la República es la radicación del poder en la soberanía del pueblo y la existencia de una institucionalidad capaz de comprendernos a todos. Y ese debería ser el desafío de la élite gobernante si queremos enfrentar con éxito al verdadero enemigo que nos tiene confrontados irracional y exacerbadamente. Al respecto, el Gran Maestro de la Gran Logia de Chile, Sebastian Jans Pérez, ha señalado que “Es muy importante entender que nuestro país y cada uno de los miembros y sectores de nuestra sociedad pueden aportar, más allá de su condición o coalición, a establecer acuerdos fundamentales que tengan el menor costo social y la mayor capacidad de consenso, sobre los caminos que deben seguirse para establecer confianza económica, confianza laboral, aseguramiento del respeto a la dignidad humana, y potencialidad de progreso a nuestra comunidad nacional”.