La
noticia de que el IPC escaló hasta un 0,8 por ciento en julio, inquietó
profundamente a la opinión pública nacional y regional, más aún cuando
se empiezan a sentir los efectos de una incipiente reactivación y el
número de casos empieza a bajar, especialmente, en Magallanes, región
que hoy ostenta cifras de vacunación record.
El
economista Nicolás Eyzaguirre, exministro de Hacienda del primer
gobierno de Michelle Bachelet y principal hombre de confianza en su
segundo mandato, declaró esta semana, con su habitual franqueza, que
extender el IFE y aprobar, al mismo tiempo, un cuarto retiro de las AFP
era una “locura fiscal” y advirtió por el eventual efecto que esto
pudiera tener en el recalentamiento de la economía.
Eyzaguirre,
el ministro que encabezó la cruzada de Bachelet para erradicar el lucro
de la educación “quitándole los patines a los padres”, como tanto
reclamó un presidente que tenemos, visualiza un escenario especialmente
complejo en lo económico para el país, si se aprueba una nueva y masiva
apertura de las billeteras fiscal y previsional de la que tanto ha
dependido el país en los últimos meses. El exministro teme por el
futuro. No es el único. Los agentes económicos también. Por algo, a
pesar de que el cobre ofrece precios casi nunca vistos, el dólar se
niega a bajar, siempre cerca de los 800 pesos… ¿y la bolsa?, tampoco hay
caso con ella. Porque el fondo E, ése que prometía los ingresos más
estables para los afiliados, sigue cuesta abajo, con una caída del 10%
en el primer semestre y todo porque esos fondos están invertidos,
fundamentalmente, en la economía nacional. Mucho de ello, es temor,
sobre todo por el incierto escenario político que se abre.
¿POR QUÉ TANTO MIEDO?
Bueno, ocurre que si se inyectan los masivos recursos de
un cuarto retiro a la economía nacional, el efecto inevitable e
indeseado será, sin dudas, una nueva ola inflacionaria que golpeará con
especial fuerza a los sectores más pobres y perjudicados por la actual
crisis social de la pandemia.
Es
algo que ya anticipó el IPC de julio luego de alcanzar un 0,8% y
encender todas las alarmas… El mayor salto inflacionario desde octubre
de 2019.
Como
bien describió la cuenta Twitter del INE, sobre la inflación de julio:
“Destacaron, por su incidencia en el resultado, las alzas de Transporte,
Alimentos y Bebidas No Alcohólicas y el descenso de Vestuario y
Calzado”. En otras palabras, comer sale más caro, saciar la sed es más
caro, transportarse, resulta más caro, vestirse se vuelve un lujo, la
demanda desaparece y es lo único donde los precios bajan.
Los
combustibles subieron por 35 semanas seguidas y en medio de ello, las
ayudas estatales, esenciales para tantas familias, ya alcanzan el mismo
PIB de Bolivia, ¿qué otra cosa cabía esperar?
El
economista Manuel José Correa resumió las perspectivas con dramática
claridad. “Las expectativas inflacionarias de agosto nos indican una
variación de 0,3% del IPC y 0,4% para septiembre, lo que nos llevaría a
una inflación por
sobre el 4% este año, por encima de lo estimado en junio (3,7%). Se
estima que la economía solo crecerá un 3% el 2022, y el crecimiento
potencial (de largo plazo) no supera el 1,5%”.
Otros
son más optimistas. El economista Alejandro Riquelme dice que el
independiente Banco Central ya tomó medidas, que esto es pasajero porque
se juntaron factores internos, los aportes de dinero del IFE y los
externos, como el aumento en el valor del petróleo. No seremos como
Argentina o Venezuela con sus políticas fiscales y monetarias
irresponsables, sostiene seguro… pero advierte que un cuarto retiro sí
generará una nueva presión inflacionaria.
La
advertencia, por tanto, es unánime pero son palabras de economistas,
demasiado lejanas para la mayoría centrada en sus propios asuntos
cotidianos, como por ejemplo, llegar a fin de mes, encontrar trabajo,
ayudar a un hijo, a su padres y tantos que se han quedado sin nada.
A
fin de cuentas, a los políticos la verdad económica no es más que un
dato útil para alcanzar el poder y nada más. Como le dijo brutalmente la
senadora Yasna Provoste a una economista que intentaba explicarle lo
difícil que es subir las pensiones en Chile con las actuales tasas de
cotización, rentas y otros factores. “Claramente, usted y yo vivimos en
mundos distintos. Usted quiere que ojalá las personas trabajen hasta los
100 años y yo quiero que vivan una vida digna y mucho mejor”.
Y
es que en el terrible escenario político actual, ad portas de una
elección presidencial en noviembre, los números poco importan. Como
vaticinó el concejal DC, Germán Flores, al advertir que el cuarto retiro
iba a salir sí o sí, “porque en esta elección todos van a votar con la
calculadora en la mano, ¿o acaso un parlamentario arriesgará su reelección votando en contra de un cuarto retiro?”.
¿SE EQUIVOCA FLORES?
No, para nada. Pregúntele a Sebastián Sichel y a su millón de votos, cómo les fue cuando quiso alinear a RN, en torno al rechazo a un cuarto retiro…
Pero,
¿es tan terrible un cuarto retiro, golpear a las AFP como sienten
algunos, si al final, los bonos y los retiros previsionales irán
directamente al bolsillo de las personas? A final de cuentas, a nadie le
viene mal una ayudita extra para llegar a fin de mes, pagar deudas,
salir con su pareja o amigos aunque sea por un rato a despejar la mente a
un restaurante, pedir pizzas por delivery en medio de esta maldita
pandemia o, simplemente, meter esos pocos pesos (porque siempre serán
pocos) en alguna libreta, sobre todo de esas modernas, digitales, con
tarjeta y chip, supuestamente a prueba de fraudes.
Como
dijo Kramer en su genial imitación del convencional Daniel Stingo: “Si
cae la bolsa, que caiga la bolsa, ¿a quién le importa la bolsa?, ¿tú
crees que una señora que está comiendo el pan en su casa, va a decir,
‘oh, se cayó la bolsa?’, No, no le importa, no le importa, no le
importa, ¡no le importa nada!… mmm, no”, concluye mirando a la cámara en
una parodia que cierra así brillantemente el círculo entre la
genialidad y la locura.
Y
es que nuestra relación con el dinero, marcada por la impronta colonial
castellana, es quizá una de las mayores locuras de todas, frívola y
distante a la vez, donde el dinero es algo deseado y a la vez,
despreciado, y quizá por ello, mejor destinado al disfrute banal, que al
ahorro y la construcción de una vida material mejor. Y este sentimiento
es todavía más fuerte en un país como el nuestro, donde la obra que ha
sido fruto del trabajo de toda una vida, se puede venir abajo, en un
instante con un terremoto, un incendio o una inundación.
Vivimos días, sin embargo, en que todos miran al futuro, algunos con mucha esperanza, pero otros con fundado temor.
Lo
dramático que la mayoría de los jóvenes de la actual generación, a
quienes muchos políticos tanto se cuidan de agradar con sus gestos y
declaraciones contra el mercado y para la galería, nunca han vivido en
carne propia las dramáticas consecuencias de una inflación desbocada,
como sí lo viven en Argentina. Entonces, si destruyeron el Metro e
iniciaron una revolución por un alza de 30 pesos… ¿qué pasará si los
precios de todos los bienes básicos se disparan y vivamos tasas de
inflación no de un 4% como la proyectada este año, sino de un 40% o más,
como hace años viven en esa nación trasandina donde la pobreza ya
supera el 50% de la población?