Nuestro
país ha sido y sigue siendo receptor de migrantes, especialmente
sudamericanos. Destacan entre ellos quienes provienen de Venezuela, que
ven en Chile un país moderno y donde pueden desarrollarse. Ha estado
sucediendo sin embargo que dada la alta cantidad de venezolanos que han
ingresado al país de forma ilegal, la mirada que hasta hace pocos años
se tenía de ellos, ha mutado. Lamentablemente muchas personas no les ven
necesariamente como un aporte a la sociedad, sino por el contrario,
como una amenaza a su seguridad, sus familias y sus fuentes de trabajo. A
esta percepción han contribuido indudablemente las bandas criminales
que se instalaron en el país, que actúan con señalada crueldad y con
formas delictivas no habituales acá. De esta manera se identifica a los
venezolanos como causantes de problemas sociales, sin muchas veces
distinguir que sólo un pequeño porcentaje comete delitos. Como
consecuencia de lo anterior, la discriminación, el desprecio, la
intolerancia hacia ellos se ha ido volviendo una habitualidad. Nada de
lo que como país podamos enorgullecernos, sino por el contrario.
Si
muchos compatriotas pudieran entender y tomar cabal conciencia de la
tragedia venezolana, con seguridad su mirada cambiaría. Un país de
enormes riquezas naturales que hoy está sumido en la pobreza, parece
algo inentendible, aunque claramente se pueden identificar las razones
de esta tragedia. La crisis social es aguda en el país caribeño. El hambre;
la falta de trabajo; sueldos miserables medidos bajo cualquier estándar
internacional; la delincuencia e inseguridad y otros males sociales,
han desgarrado el tejido social. La primera causa respecto de la cual
los venezolanos con seguridad hacen un mea culpa, es la llegada del
socialismo a su país. Como una plaga de langostas, el socialismo de
Chávez, como antes en la Cuba de los Castro, empobreció al país a
niveles insólitos para un país petrolero. Desatada la infamia, a tantos
venezolanos no les quedó otra alternativa que salir de cualquier modo de
su país. La mayoría ha recorrido grandes distancias para llegar a un
destino que piensan mejor para su familia. El sacrificio humano es
indecible, pues ha separado a núcleos familiares que de no mediar esta
circunstancia, no hubiera ocurrido. Atrás han dejado al país en que
crecieron. Abandonaron sus casas, sus pertenencias, a sus seres
queridos, sus recuerdos, sus posiciones, su arraigo familiar, para
enfrentar un mundo nuevo, muchas veces inhóspito y xenofóbico. La
tragedia de estos migrantes entonces se torna más injuriosa, pues son
como parias a los que nadie quiere recibir.
Entiendo
que en momentos de crisis económica como la que nuestro país está
viviendo, hoy a cargo de un gobierno socialista, tender la mano
a otros es especialmente complejo y difícil. Por eso es que
contrariamente a lo que se piensa, las sociedades en donde el socialismo
es el sistema social y económico, la solidaridad entre los habitantes
es escasa. En la pobreza de las sociedades socialistas cada persona
tiende a acumular para ella los pocos bienes que se producen. No
obstante, la caridad humana exige tender la mano a aquellos que sufren,
que están en el país porque huyeron de una calamidad social. Exige
ponerse en el lugar del otro y no discriminarles. Exige comprender que
son víctimas de un sistema nocivo y altamente empobrecedor.
En
el Evangelio de Mateo 23:35 se puede leer: “Porque tuve hambre y me
disteis de comer; tuve sed y me disteis de beber; fui forastero y me
recibisteis”. Esto exige la caridad cristiana y humana.