La última cifra de desempleo en Magallanes podría invitar a una lectura cómoda. Con un 5,9%, somos la segunda región con menor desempleo del país, solo después de Aysén. Frente a un promedio nacional considerablemente mayor, alguien podría concluir que no tenemos demasiado de qué preocuparnos. Sin embargo, esa aparente buena noticia es, en realidad, una señal de alerta.
Las cifras nunca hablan solas; necesitan contexto. Magallanes posee una estructura económica distinta a la de buena parte del país. Aquí el Estado no es un actor marginal: históricamente, la inversión pública ha sido uno de los motores fundamentales de la actividad regional. Una obra pública no solamente contrata trabajadores. También moviliza transporte, comercio, servicios profesionales, proveedores y pequeñas y medianas empresas. Su e31fecto se extiende mucho más allá del proyecto que se ejecuta.
Por eso, un desempleo cercano al 6% no debiera tranquilizarnos. Especialmente cuando durante los últimos períodos hemos observado cifras que incluso se acercaron al 7%. Para Santiago, aparecer entre las regiones con menor desempleo puede ser suficiente para interpretar positivamente el indicador. Para Magallanes, en cambio, la pregunta debe ser distinta: ¿por qué una economía fuertemente apalancada por la inversión pública está mostrando persistentemente estas dificultades para generar empleo?
Hay algunas señales que ayudan a responderla. Durante este año hemos observado una ejecución presupuestaria regional considerablemente más lenta que la registrada históricamente. Existen proyectos, existen recursos y existe una cartera de iniciativas, pero una obra presupuestada no genera empleo. Tampoco lo hace una obra anunciada. El impacto económico comienza cuando esos recursos se transforman efectivamente en licitaciones, contratos, trabajadores y empresas produciendo.
La propia Cámara Chilena de la Construcción ha advertido sobre la necesidad de dar continuidad a la inversión y generar nuevas obras. Y tampoco parece casual que durante los últimos meses se haya constituido una Mesa Regional por el Empleo y se busque acelerar proyectos públicos. Son respuestas que, de alguna manera, reconocen que existe un problema que debemos enfrentar.
Pero existe además una dificultad más profunda. Magallanes sigue mostrando problemas para generar suficiente dinamismo productivo privado que complemente el impulso estatal. Somos una región extensa, aislada, con un mercado interno pequeño y una población que crece lentamente. Esperar simplemente que el mercado resuelva esas restricciones estructurales significa desconocer nuestra propia realidad económica.
Por eso nuestras políticas públicas no pueden ser una reproducción de aquellas diseñadas para las grandes regiones del centro del país. Necesitamos una política de inversión pública permanente, eficiente y oportuna, capaz además de apalancar inversión privada y generar nuevas actividades productivas.
Estar segundos entre las regiones con menor desempleo puede parecer una buena noticia. Pero conformarnos con el ranking sería equivocarnos de diagnóstico. Magallanes no debe compararse solamente con quienes están peor. Debe preguntarse cuánto empleo podría estar generando de acuerdo con sus propias capacidades.
Y desde esa perspectiva, el 5,9% deja de ser motivo de tranquilidad. Se transforma en una advertencia que nuestras autoridades no deberían ignorar.00