La fuerza vital de los escaños reservados

La
participación de representantes de los pueblos originarios en la
Asamblea Constituyente no es un asunto menor, responde a un profundo
objetivo político y no debe ser menospreciado por nadie. Es una pena que
no se le esté dando la cobertura mediática que se merece. Pareciera que
los huincas con nuestros galones y profundos estudios constitucionales
son los que habremos de predominar en la redacción de la carta
fundamental. Eso sería un error.

Las
entrevistas que todos los candidatos difunden por los diversos medios,
junto con ser muy similares unas con otras, apostando a la creatividad
para provocar alguna diferenciación, no dejan de ser más que compendios
de ideas, frases muy bien hilvanadas y la aplicación práctica de la
manera en que deberá redactarse. Todo muy bien desde el punto de vista
de la formalidad y de la concepción tradicional que hemos aprendido
desde la infancia.

Sin
embargo, hay un concepto más profundo y sincero que no se ha sopesado
adecuadamente y que es el alma que tiene que tener el legado que
construiremos y nace de la cosmovisión y esencia que estos
representantes aportarán a la Asamblea y que no puede ser considerada
como una bancada especial y desacorde de los criterios positivistas y
mercantilistas que podrían intentar posicionarse a ultranza. No van a
estar en la Asamblea solo para cumplir un pacto y ser cuestionados por
la calidad y profundidad de sus intervenciones. Serán sujetos de derecho
que, sin duda, remecerán la forma de ver el entorno, de apreciar su
belleza y utilidad y de proyectar su sustentabilidad para los próximos
decenios.

No
estamos acostumbrados a hablar de la “Pacha-mama”, de “sumak kawsay”,
de cosmología, de oír expresiones en mapudungun y de apreciar las
vestimentas con las cuales, sin lugar a dudas, se integrarán a las
reuniones. Estamos tan alejados de la cultura de nuestros pueblos
originarios que, algunos lo verán con gracia, otros con estupor y otros
cuantos como un agravio. Será un golpe a la conciencia para lo cual muy
pocos se han preparado y esperemos que los medios los traten con el
respeto que se merecen. Se pondrá a prueba el concepto de igualdad del
que tanto se habla.

Desde
los escaños reservados brotará sabiduría que va más allá de la letra
que tiene la frialdad de la norma; surgirá con una fragancia que emana
del conocimiento generacional de quien ocupó con anterioridad el
territorio y que al apreciar cada elemento de la naturaleza puede
interpretar, como sus ancestros, las fluctuaciones del ciclo vital. Por
algo han subsistido por milenios y lo seguirán haciendo.

Nuestra
cultura de la improvisación e inmediatez se verá armonizada con el
honor de tenerlos en la misma mesa, de reconocer la dignidad que implica
oír su voz, su mensaje y su relato. Da lo mismo que sean del norte,
centro, sur o de nuestros canales patagónicos, ninguno va con intereses
susceptibles de ser comprados por los poderes fácticos y tampoco
constituirán un peligro para ellos. A pesar del recelo que pueda
producir en algunos el querer vincularles a un Chile violento del que se
quieren separar, seremos muchos los que estaremos allí, a su lado,
compartiendo y creciendo, con una visión nueva de un Chile posible, en
el que esperamos transitar con sueños e incertidumbres, pero con
seguridad como lo hacíamos cuando nuestras propias madres nos enseñaban
las leyes de la vida. El extremo consumismo nos ha puesto en una
posición débil, sin raíces que se aferren a la tierra y con ello no
tenemos firmeza en las ramas para abrazar al mundo actual. Mucho nos
queda por aprender.

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