Gran
y obvia algarabía ha producido el resultado de la votación del día
Domingo. La verdad aun sin entender mucho de que se trata, las mayorías
han manifestado su desaprobación contra no solo el actual gobierno sino
contra el estado de cosas. Es que solo han pasado algo más de tres años,
pero pareciera un siglo y otro país. Y no es que antes viviéramos en
jauja, pero de todas maneras y absolutamente en todos los aspectos
vivíamos mucho mejor que ahora, salvo en un punto importante: que no nos
dábamos cuenta de ello. El ser humano valora las cosas cuando las
pierde y eso es lo que había ocurrido.
Diríamos
entonces que el aspecto positivo de la tragedia histórica que seguimos
soportando, es que estamos tomando conciencia de ello, y el resultado
electoral del domingo, demuestra algo muy simple y aunque le duela a la
clase política: el país no quiere nueva constitución, se dio cuenta que
era todo un gigantesco engaño alimentado por la clase política por
razones ideológicas, pero también de compromiso y cobardía. Por lo
mismo, el resultado electoral por sí solo no soluciona nada, es más, si
no se administra, se puede perder. El error más grande que se puede
cometer es menospreciar al enemigo, sobre todo porque esto es una
guerra, y porque ese enemigo ha demostrado por segunda vez seguida, que
no le importan los resultados de votaciones adversas.
Es manifiesto que mucho más allá de las personas, la ciudadanía voto por
el partido republicano, identificándolo ostensiblemente como la fuerza
que representa la reacción nacional frente a lo que cada vez más
compatriotas percibe: que esta “constitucionalitis” no es más que el
disfraz de una descarada intervención foránea globalista que, con la
apariencia de los movimientos de izquierda ideológicos, se lleva a cabo
en nuestro país un proceso revolucionario globalista tendiente a la
neutralización de la nacionalidad hasta su extinción y reemplazo total
por los valores y conceptos del Nuevo Orden Mundial agenda 2030 ONU.
Pero
por lo mismo, este logro de republicanos que se ha convertido en breve
tiempo en la primera fuerza electoral del país, importa enormes
responsabilidades a abordarse de inmediato. Desde las estructuras
partidistas mismas, inadecuadas para esta nueva etapa, hasta la mayor
carencia de la llamada “derecha”, que con este partido tiene una nueva
oportunidad que exige definirse en muchos aspectos: conceptos, ideas,
valores intransables. De partida, entender que a una ideología fanática e
irreverente no se le puede enfrentar sin una “contra ideología”. Lo
opuesto a ideas no es vacío.
El
Partido Republicano y sus integrantes deben entender que les guste o
no, hoy son y deben ser el cauce del sentir nacionalista chileno, que se
ha puesto de pie frente a la agresión globalista. Chile no es de
derechas ni izquierdas, es “chilenista” Entender asimismo que debe
luchar inteligentemente contra el enemigo en sus múltiples formas,
comenzando por la guerra cultural. No queremos ver a un republicano
usando “lenguaje inclusivo”, y menos con manifestaciones “progres” y
globalistas, que deberá comenzarse una depuración de la alienación
mental y cultural que hemos sufrido por años y que ha permitido la
distorsión de los valores y de la historia. Que el caos del PDG les
sirva.
El
nacionalismo chileno, manifestado en las etapas cruciales de nuestra
historia, está siempre unido al concepto y grito de libertad, libertad
que se enfrenta con el concepto “progresista” de la palabra-que se
llaman a sí mismos “liberales” pero son socialistas-, porque está unido a
fundamentos morales sin los cuales la libertad jamás es tal, es la
fuerza que se levantó en septiembre contra el “mamarracho definitivo”,
que solo se guardó, sus autores nunca lo desecharon. Es la fuerza que se
acaba de levantar de nuevo buscando cauces y cuya correcta lectura es
muy simple: no queremos siga este circo constituyente,
Chile no necesita una nueva constitución, solo requiere mejorar la
actual especialmente para protegernos de ese globalismo que nos ha
aplastado y contra el cual la nación se ha levantado. Y que lo que
quiere esa nación chilena, es un nuevo gobierno, de orden, decencia,
honestidad y honor, volver a creer y soñar, ser un país confiable,
seguro, señero, respetado. Se puede, en algunos años, con un gobierno
que dé el ejemplo, superar todas las taras que nos crearon. Ese camino
comienza ahora, no nos extraviemos. Sueño con Chile, por eso hay que hay
que hacer esto muy bien.