A diferencia de otros personajes públicos no soy muy asidua usuaria de las redes sociales. Obviamente tengo mis cuentas activas en las redes más populares porque entiendo que son una buena vía para mantenerse en contacto con la gente y tener una retroalimentación instantánea sobre el sentir o el parecer frente a determinadas iniciativas. En esto, quienes somos parte de la clase política, sabemos que la mayoría de las veces habrá criticas destempladas y hasta insultos de grueso calibre frente a lo que planteamos.
Sin embargo, existe una delgada línea roja que no podemos normalizar y tiene que ver cuando se pasa de la crítica legítima, incluso el insulto, a la amenaza. Eso fue lo que me ocurrió esta semana como reacción a una noticia falsa divulgada por una diputada y que provocó una ola de ataques en mi cuenta de Instagram cuyo punto culmine fue un usuario “bromeando” con quemar mi casa si la parlamentaria aludida así lo ordenaba. Hechos como este no pueden quedar impunes.
Tal como anuncié en mi cuenta de Twitter, presenté una denuncia contra quien resultara responsable de la amenaza, no para iniciar ninguna acción en su contra, sino que porque considero que si normalizamos estos hechos luego podríamos lamentarlo. El problema con las redes sociales es que muchas personas que las utilizan pueden ser muy influenciables y, lo que para uno es una “broma”, para otro puede generar algo más, lo que los expertos definen como los “disparadores, es decir, estímulos que gatillan actitudes en la realidad.
En Estados Unidos esto ya ha generado un debate y, de hecho, los máximos responsables de estas grandes compañías tecnológicas ya han debido dar explicaciones sobre el modelo de negocio y el uso de los algoritmos que utilizan. Esto está muy bien explicado en el documental “El Dilema de las Redes Sociales”, disponible en Netflix, donde ex empleados de Facebook, Twitter y otras plataformas explican que, el actual diseño de sus algoritmos, podrían llegar a poner en riesgo el funcionamiento de las democracias en el mundo.
El desafío que tenemos por delante es de gran magnitud porque la influencia de las redes sociales solo irá en aumento, entonces debemos trabajar en conjunto para hacer de ese espacio un ecosistema digital sano. Al igual que evitamos andar tarde en la noche por ciertas calles o les pedimos a nuestros hijos que no se expongan a ciertos lugares porque pueden ser peligrosos, ocurre lo mismo con las redes sociales y muchos sitios de Internet.
Está comprobado que el uso del neuromarketing puede incidir fuertemente en determinados perfiles sicológicos con tendencia a ser influenciados y también es conocida la gravitación que tuvieron las redes en la campaña que llevó a Trump a la presidencia de Estados Unidos en la pasada campaña o como fue determinante en el triunfo del Brexit en Inglaterra. Todos tienen derecho a expresar sus opiniones y críticas en las redes sociales, pero una cosa muy distinta es usar esas vías para campañas de bullying o amenazas que pueden desembocar en hechos lamentables que afecten la honra o la integridad física de personas, sea cual sea su posición en la sociedad.