Lo mejor y lo peor

Calificar
siempre es complejo. Es fácil hacerlo, pero delicado a la vez. No todos
percibimos del mismo modo, no todos aprehendemos de igual manera.

Dos
podremos estar en el mismo momento y lugar, aparentemente ver lo mismo,
oír lo mismo, pero narraremos lo visto y oído, de modo diferente,
quizás parecido, pero no igual. Serán dos versiones, parcialmente
parecidas, pero no iguales. Lo reitero, vemos lo mismo, oímos lo mismo,
no obstante, lo relatamos, lo contamos de forma diferente. ¿Por qué?
Porque somos personas diferentes. Categorizamos, damos valor diferente a
lo que observamos.

No
descuido el detalle, no menor, de que oír y escuchar, ver y mirar, no
son lo mismo, se parecen, pero no. Pues, escuchar y mirar significa
hacer mismas acciones que oír y ver, pero prestando atención a lo que se
oye o se ve, lo que implica voluntariedad, intención. De allí que se
dice que alguien ve, pero no mira, que alguien oye, pero no escucha. Lo
que falta, lo que hay que añadir es atención, intención, interés.
¿Fácil? No siempre. Un factor es la distracción o despreocupación.
Algunos atentos a todo o casi todo, no se les escapa nada, y a otros hay
que sacudirlos para que presten atención.

Así,
algunos saben o tienen esa capacidad de aprehender, de discriminar,
separando lo accidental de lo central, algo así como separar la paja del
trigo. No todos lo hacemos, no todos somos iguales, somos diferentes.

Eventualmente,
si dos decimos lo mismo, sepan, desde ya, que no es lo mismo, solo lo
es aparentemente. Si alguien dice mesa, quien escucha lo percibió, lo
entendió, pero la mesa del hablante no es la mesa del oyente, son mesas
diferentes. La idea, el concepto, la imagen mental de mesa de uno y de
otro son diferentes, una y otra mesa se ajustan a sus propias
experiencias de vida, distintas experiencias, sin duda.

Si ya referirnos a cosas, a objetos es complicado, imaginen cuán complejo es referirse a lo abstracto, a lo intangible, a lo
imaginado, a aquello que no tiene una apariencia física, material,
observable. ¿Por qué nos cuesta tanto ponernos de acuerdo en la idea de
familia, sociedad, nación, por ejemplo?

Y
ya me refiero a calificar, que es ni más ni menos que asignar alguna
cualidad, característica, propiedad o estado a algo o a alguien. Ya se
trata de clasificar, ponderar y señalar un atributo, y posiblemente eso
significará nuevamente establecer, señalar diferencias en el modo de
hacerlo entre quien habla y quien escucha; la razón es simple, son
personas diferentes, que aprecian, conocen, ponderan, sienten de modo
diferente. Lo que es tibio para uno, no necesariamente lo es para otro;
lo que es dulce para alguien, no lo aprecia así otro; lo que es feo para
uno, no merece mismo calificativo para otro, quien lo pondera de manera
diferente.

Calificar
es complejo, difícil, atrevido, audaz, valiente, arriesgado,… ¿Por qué?
Es muy posible que nuestro circunstancial interlocutor, o lector no
perciba del mismo modo, no lo comparta, y así, eventualmente, responda,
actúe, se comporte de un modo discordante, distinto, o enfrentado. En
suma, asume un comportamiento opuesto, diverso a uno exhibido antes.

Es
un poco el escenario posible cuando se opina, o se escribe una columna
de opinión. ¿Qué hacer? Leer, releer, leer, volver a leer, y hacer un
genuino esfuerzo en comprender, en intentar entender el propósito de
quien habla, de quien escribe.

¿Lo mejor y lo peor?

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