Lo que callan los impuestos

Hace
algunas semanas el Gobierno presentó su proyecto de reforma tributaria
en el Congreso, donde deberá ser discutida. Más allá de los reparos
concretos que se puedan hacer a la propuesta, existen buenos motivos
para no demonizar los impuestos, pero muchos más para no idealizarlos.

Las
alzas de impuestos se suelen vender como una forma necesaria de
disminuir la desigualdad. Esta es, por cierto, una de las finalidades de
los impuestos. En nuestras sociedades existe una especie de “lotería
social” en donde la cuna muchas veces determina las posibilidades de
éxito de cada uno de sus miembros. Luego, los impuestos ayudan a
corregir esta lotería social a través de la provisión de servicios que
requieren ser financiados, como lo son salud y educación, promoviendo la
igualdad de oportunidades.

Sin
embargo, los grupos pro-impuestos tienden a idealizar sus efectos
positivos y a desconocer los negativos, muchas veces trivializando la
discusión. Algunos creen que un aumento de impuestos conlleva
necesariamente una mejora en las condiciones materiales de vida de los
más desposeídos y que quienes se oponen a ellos en realidad lo hacen en
defensa de intereses empresariales o simple maldad. Esto es, sin duda,
una caricatura.

El
problema con las alzas de impuestos es que no siempre cumplen el
propósito de recaudar más dinero para gasto social, sino que pueden
terminar generando el efecto contrario. Reformas como la presentada por
el Gobierno suelen partir de una hipótesis equivocada: que la base sobre
la cual se establecen los impuestos (todos quienes producen dinero y
deben pagar los tributos, sean empresas o personas), no se altera con
nuevos impuestos. Pero esta es una hipótesis equivocada. Existe un
equilibrio delicado entre el porcentaje de impuestos que el Estado puede
cobrar sin que la base no se vea afectada. Imaginemos que quienes
producen y pagan impuestos constituyen una torta. Si los impuestos
cobrados son excesivos, es posible que los actores se vean
desincentivados a producir e invertir, perjudicando la actividad
económica y haciendo más chica la torta o el total producido más chico. Y
ciertamente un 50% de una torta de 100 es bastante más que un 70% de
una de 20.

A
este respecto, es conocida la anécdota del economista Arthur Laffer,
quien, en 1974, en plena crisis económica de Estados Unidos, popularizó
su teoría económica en una servilleta mientras les explicaba a asesores
de la Casa Blanca en un almuerzo qué es lo que pasaría si es que
aumentaban los impuestos en medio de la crisis. En dicha servilleta, el
economista habría dibujado la denominada “Curva de Laffer”, respecto a
la cual el economista habría señalado: “En algún lugar en el medio hay
un número mágico, la tasa impositiva a la que los ingresos del gobierno y
el crecimiento económico alcanzan su máximo. Supere ese punto y los
ingresos disminuirán, aunque los impuestos sean más altos, porque las
personas no estarán motivadas para producir y se suprimirá el
crecimiento económico”. La servilleta en cuestión está expuesta en uno
de los museos de historia más importante de EEUU, el Smithsonian.

Si
bien la curva de Laffer ha sido objeto de debate, la intuición que la
sustenta es irrebatible. Hay un punto en el cual la tasa impositiva
desincentivará la actividad económica. Después de todo, pocos estarían
dispuestos a trabajar o invertir si es que el Gobierno se va a quedar
con la mayoría de lo producido (pensemos, por ejemplo, en un 80%).

En
definitiva, cualquier discusión en torno a los impuestos debe ser
realizada teniendo en cuenta que existe un punto donde los impuestos van
a perjudicar la recaudación. Establecer este punto puede no ser
sencillo. En este contexto, quizás lo mejor es ir de a poco, y evitar
experimentos que terminen perjudicando a los más desfavorecidos, que son
quienes finalmente debiesen ser los beneficiarios de estos impuestos.
Aunque, huelga decirlo, no siempre lo son.

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