Los pobres no pueden esperar

El
primer responsable de procurarse mejores condiciones de vida es uno
mismo. Para ello, Dios nos dotó de inteligencia, voluntad, libertad y
capacidad de amar, para trabajar y ganarnos el sustento diario,
desarrollarnos como persona, procurar los bienes que la familia necesita
y ser un aporte a la sociedad.

Muchas
personas no tienen dicha posibilidad, por incapacidad, enfermedad y
tantas circunstancias que se dan en la vida. En ese caso, le corres
ponde
al Estado velar porque los más desfavorecidos tengan las mejores
condiciones de vida posible con el subsidio que les procura. Y en
relación con eso, la responsabilidad que tienen quienes trabajan en la
cosa pública es inmensa. Con todo, son muchas las personas que, a pesar
del esfuerzo del Estado por ayudarlos, no logran salir de la pobreza.
Ello acontece en muchas partes del mundo y en Chile, también.

Cuando
Juan Pablo II estuvo en Chile, dijo con mucha fuerza que “los pobres no
pueden esperar”. Hoy, después de casi 37 años de su venida, esa frase
sigue vigente. Tal vez son pocos los niños desnutridos o que andan a
“pie pelado”, pero son muchos los que, por la educación que les da el
sistema público y el particular subvencionado, sumado a su situación
familiar y social, difícilmente podrán salir de la pobreza y lograr
niveles de vida más conforme a su dignidad. Los resultados de la PAES lo
corroboran año a año. Aunque ha habido mejoras, las brechas siguen
siendo enormes.

Al
ver y tomar conciencia de que esto es lo que sucede, me he convencido
de que el amor es, usando la frase de Benedicto XVI, un motor de
desarrollo extraordinario e insustituible y que puede, efectivamente,
cambiar la vida de esos jóvenes. Ese amor es el que está llamado a
dispensar cada hombre y mujer que se da cuenta que ha recibido mucho en
la vida y que, luego, le corresponde devolver la mano. Ese
amor
no es un mero sentimiento que lleva a que muchas personas exclamen
frases como, qué horrible la pobreza, qué injusta es la vida, pero que,
en la práctica, no hacen nada para ayudar.

El
amor al que me refiero es aquel que se manifiesta en acciones concretas
para ayudar a quien lo necesita y permitir que tenga las herramientas
necesarias para pasar de su situación de pobreza a una mejor. Es, ni más
ni menos, el principio de solidaridad. La verdad, y siendo sincero, sin
negar que hay personas, familias y empresas muy generosas que siempre
están dispuestas a ayudar a quienes nos dedicamos a promover obras
sociales, desde la fe profesada, con la finalidad de paliar la pobreza
de tantos chilenos, hay muchos otros que hacen la vista gorda.

Si
bien es cierto que hay razones económicas, políticas, sociológicas para
que en Chile aún haya pobres, hemos de reconocer que también hay
egoísmo de parte de muchos compatriotas. Son muchos los que no perciben
su responsabilidad respecto de los demás, porque sólo se miran a sí
mismos. El Pa
pa
Francisco postula que existe una globalización de la indiferencia.
Revertir esa indiferencia que se traduce en individualismo y otros males
es la gran tarea que tenemos como Iglesia, al proclamar que Dios es
Padre y nosotros, hijos y, por lo tanto, hermanos. Tal vez la máxima de
hacerle a los demás lo que quisiéramos que hicieran con nosotros, puede
ser un punto de meditación.

La vida tiene muchas vueltas, dice el sabio refrán popular.

Contenido relacionado

Envíanos tu denuncia o información AVISOS ECONÓMICOS