Sabemos
que los caminos de la vida están llenos de vueltas y revueltas. Cuando
éstas son el fruto de nuestras decisiones, se trata de etapas que se van
encadenando dentro de una senda que las asimila y las despliega; pero,
cuando provienen del azar, hasta dudamos de aceptarlas. A las primeras
solemos catalogarlas como períodos de vida; a las segundas las llamamos
más bien vicisitudes. Nos alegramos toda vez que en una de estas etapas
alcanzamos metas; de lo contrario, reflexionamos sobre nuestro fracaso.
Debo decir que, tanto de mis racionales como de mis azarosas etapas de la vida, he tratado de extraer algunas básicas lecciones.
Todo
ciclo llega a su fin y, entre abandonar libremente el camino, o esperar
que la obsolescencia de éste a uno lo aparte, recogiendo el ejemplo de
los sabios, es preferible optar por lo primero. Hay que saber retirarse a
tiempo, dejar que el espacio sea ocupado por otros, no temer iniciar
nuevos ciclos y proyectos, adoptar causas renovadas, volver a navegar
con cielo claro que alumbre el horizonte. En esa búsqueda permanente,
que no es otra cosa que el transcurso existencial de cada cual, he
procurado desplazarme con libertad de acción y pensamiento, eligiendo en
lo posible mi camino, simple o complejo, pero siempre propio. A la
libertad la he adoptado como guía y fuente de la legitimidad de mis
actos y decisiones. Entre reflexionar y hacer, he optado más bien por
“hacer pensando”, porque, ¿qué es el ser humano, sino un hacer
permanente, con una carga de recuerdos y otra con sus sueños?
Hasta
hace poco, no conocía a nadie en este diario. Sucedió que, con ocasión
de una entrevista, a propósito de mi última novela (Alvarado, Ediciones
Universidad de Magallanes, 2021) se me acercó el Editor para proponerme
escribir una columna de opinión. Lo consideré un desafío y un
compromiso, y creo no haberle fallado: más de setenta columnas han sido
publicadas regularmente desde entonces. Durante este tiempo, nadie me ha
entregado una pauta u orientación, sugerido algún tema, cambiado un
título o palabra, censurado alguna frase. Conscientes, probablemente,
que mis ideas no corresponden necesariamente a la línea editorial de
este periódico, el respeto profesional y la libertad de expresión han
sido ejemplares, lo que valoro, agradezco y declaro públicamente. Creo
que esta conducta ética no es tan común últimamente, en tiempos en que
prevalecen intereses, cancelaciones e insultos, donde los argumentos son
explosivos y las ideas a menudo excluyentes.
Para
privilegiar temas pendientes y otras formas de escritura, he decidido
poner fin a estas columnas dominicales. Las echaré de menos y, más de
alguno me pedirá explicaciones. Digo entonces que, porque esta etapa en
la que expresé opiniones, sentimientos y recuerdos, se ha cumplido,
prefiero apartarme libremente del camino. En mis escritos procuré no
ofender, tampoco entrar en la efímera contingencia ni crear polémicas
estériles, propuse el diálogo frente la fuerza, opté por abrir
reflexiones más que por cerrar opiniones, por legitimar la duda frente a
la sesgada ideología, mantener el sueño en días serenos y preferir la
cordura a la frenética indolencia. Considero haber expresado principios
humanistas y democráticos, los que han sido mi cuna y llevaré conmigo
hasta la tumba. A quienes pude contrariar con una expresión u omitir
nombrarlo en un recuerdo, le presento mis disculpas. Pese a mi innegable
madurez, me quedan metas por cumplir y causas que ameriten mi cansino
despliegue. Me esperan, además, varios borradores y hasta compromisos
conmigo mismo, aquellos que son más difíciles de asumir.
Agradezco
a quienes, ocasionalmente, han fijado sus pupilas en mis letras. A los
que me leen y escriben regularmente para manifestarme sus críticas,
comentarios y estímulos, les envío mi abrazo fraterno con un hasta
pronto que ansío por cierto real. Otras aventuras y formas literarias
—ojalá también nuevas ideas— nos reunirán ciertamente en el futuro. Por
todo y a todos, mi agradecida y humilde reverencia.