Las
imágenes que han llenado noticiarios con la migración irregular por el
norte de nuestro país y con agresiones de extranjeros a nuestros
carabineros han marcado los últimos dos años en el que a muchos chilenos
se les abrieron los ojos y nos dimos cuenta de que desgraciadamente no
podemos convivir en paz si no hay reglas claras. La migración a nivel
mundial se ha tornado en una problemática. A veces, en Magallanes y
Antártica Chilena nos olvidamos de que vivimos en una región de
migrantes, y hablar de este tema genera un continuo
debate, especialmente por lo que ha ocurrido en los últimos años. Sin
duda que la pandemia agravó esta problemática, porque son miles los que
quedan a la deriva lejos de su tierra natal. Desde hace años que se ha
manifestado que Chile necesita una nueva Ley de Migraciones,
que sea moderna y flexible, para así poder dar respuesta a una realidad
dinámica que se ha tornado en una crisis humanitaria mundial. Una
legislación que no solo entregue un marco adecuado para la recepción y
entrada de migrantes, sino que sobre todo considere su incorporación a
nuestro país. En este contexto ha sido una valiosa experiencia el
esfuerzo de diversos sectores por aportar evidencia al debate y cómo se
han involucrado la academia y la sociedad civil en la discusión. Hay que
tener conciencia de que la integración social de la población migrante
no solo se dará por la ley, sino que también como consecuencia de
nuestras políticas, prácticas y discursos. Cerca del 12% de la población
es migrante y cerca del 15% de los niños y niñas chilenas tienen un
padre o madre migrante. Nuestra convivencia debe ser la adecuada, pero
también es necesario que se revise la integración absoluta que nos
lleve a una convivencia que podría ser de muchos años. Por ejemplo, hoy
Magallanes carece de viviendas, de adecuada atención en salud y con
servicios básicos que no llegan a todos nuestros vecinos. Entonces, la
pregunta es ¿Magallanes está en condiciones de recibir refugiados o
migrantes?