El martes pasado a través de esta columna me referí a la noticia aparecida en un medio internacional, sobre la joven sueca Greta Thumberg (llegará a nuestro país en diciembre, con motivo de la COP25) y algunas reflexiones sobre el tema ambiental. También realicé una referencia al concepto de “desarrollo sustentable”, que se utiliza en forma permanente. A veces significa mucho y a veces nada. Políticos, ambientalistas y empresarios lo utilizan de manera casi coloquial en sus declaraciones, como si fuera un concepto abstracto y casi mágico. ¿Pero qué se hace al respecto?
El “desarrollo sustentable” implica consciencia, compromiso, diálogo permanente y acuerdo, pero este no llega solo como el sol o la luna que aparecen independientemente de las opiniones y decisiones que se tomen. Consciencia, porque implica reconocer tal cómo se hizo hace casi cinco décadas por el Club de Roma, que hemos llegado casi al límite de la explotación inconsciente de los recursos naturales. Reconocimiento, debido a que los recursos que nos brinda la tierra que es nuestro único hábitat no son ilimitados. Diálogo permanente, porque debemos decidir responsablemente sobre ellos para hacer una utilización responsable en el tiempo, más allá de nuestra existencia.
Las decisiones que hoy tomemos serán juzgadas por las nuevas generaciones que irrumpen con sus opiniones, solicitando mayor responsabilidad en las políticas sobre la utilización de los recursos naturales. Acuerdo, para consensuar una matriz productiva con salvaguardia y respeto al medio ambiente. No simple productivismo ecófago y tampoco medio ambientalismo basado en slogans. No se trata de un diálogo de sordos, no se debe simplicar el problema confrontando desarrollo y protección del medio ambiente, todo lo contrario. “Desarrollo sustentable”, significa conciliar y conjugar estos intereses en juego, a objeto de legar un hábitat sobre el cual también puedan decidir las generaciones futuras, aspecto ya consagrado en los “Derechos Humanos de Tercera Generación” (temas de carácter supranacional) como: “Derecho al desarrollo sostenido: implica modelos y estructuras económicas que, además de generar beneficios propios, permitan el acceso a servicios básicos y garanticen la sostenibilidad del planeta. Derecho a la paz: entendido no solo como ausencia de guerra, sino también como la puesta en marcha de procesos positivos que fomenten la participación, el diálogo, la inclusión, la cooperación y la superación de conflictos. Entre otros.
Pensemos en el agua como recurso natural, ya se dice que será el oro del futuro, un recurso en la actualidad escaso en muchos lugares del mundo. Nuestro país comenzó a experimentar en la zona central una de las crisis hídricas más severas, que preocupa al gobierno y los productores agrícolas. Al mismo tiempo en nuestro país salen a remate cauces de ríos que se encuentran en manos privadas, no respetando un recurso vital para muchas comunidades. Quizás nuestros legisladores deberían preguntarse, ¿es justa la propiedad de las aguas? ¿Acaso no es un recurso vital para el desarrollo humano? Con esto no quiero decir que no sea susceptible de ser utilizado en forma racional y beneficiosa para su entorno humano. Requiere de una conciencia plena, que va más allá de un spot publicitario de una autoridad aconsejando no más de tres minutos de ducha. (Nuevo Código de Aguas). Confrontar desarrollo y medio ambiente, no es precisamente, tener un correlato activo acerca de lo que entendemos por “desarrollo sustentable”, menos simplificar los conceptos, de derecho a un trabajo justo y remunerado con la protección al medio ambiente. Son aspectos que en aras del progreso y desarrollo de las personas deben ir de la mano logrando un diálogo fecundo y consensuado para alcanzar y escalar un nivel de armonía. Los diálogos entre emprendimientos productivos y la protección del medio ambiente son cada vez más necesarios de tal manera que se contribuya al “desarrollo sustentable”. El “cómo hacerlo”, es un desafío paras las generaciones actuales y futuras.
Las Gretas, los jóvenes como ella serán las que reciban este mundo. Este año nuestro país será sede de la Convención Marco de las Naciones Unidas (CMNUCC), que es la respuesta internacional al cambio climático. Se trata de un Tratado que establece las obligaciones básicas de los 196 Estados partes, más la Unión Europea para combatir el cambio climático. Este Tratado se firmó en la Cumbre de la Tierra en 1992, entrando en vigor en 1994. Seguramente marcará a nuestro país con una serie de compromisos a los cuales tendremos que acomodarnos. Son vientos de cambios en nuestra relación con la casa grande, la Tierra, de la cual dependemos como único hábitat. ¿Qué hacemos para dialogar?