En el último tiempo,
hemos visto con estupor cómo se maltrata y agrede a los árboles en
nuestras ciudades. Si queremos meter el dedo en la llaga hasta el fondo,
el problema del maltrato y agresión en las ciudades no se detiene ahí.
En
días recientes, un hecho en Santiago trajo a flote otro asunto por lo
menos tan grave como el anterior: Un grupo organizado, rayó con frases
violentas contra Carabineros, la fachada recién pintada del edificio más
antiguo de la época colonial de Santiago; la Iglesia de San Francisco.
Se atacó un monumento histórico, una joya única de nuestra arquitectura
colonial, una iglesia que debería inspirar respeto por el templo mismo y
por sus feligreses.
Existe
el odio desencadenado por la vegetación urbana y por emplazamientos
valiosos del espacio público: el daño va mucho más allá, especialmente
desde 2019. La destrucción no sólo agrede a la vegetación o el
patrimonio, sino a la estructura misma y al corazón de la ciudad.
La
ciudad, que es una unidad con toda su infraestructura, sus calles, sus
edificios notables, los paseos públicos, sus plazas, los lugares de
encuentro de sus ciudadanos; es despreciada, violentada y herida por
algunos grupos de personas. Parte de estas personas, parecieran ser del
grupo de habitantes más vulnerables y necesitados de lugares de
esparcimiento y de encuentro. Es tan incomprensible como dispararse en
los pies.
Nuevamente,
así como en el tema del árbol urbano, nos encontramos con una carencia
cultural especialmente en la juventud. Nuevamente, parece ser que la
solución está en la educación y en la enseñanza en liceos y colegios
desde sus primeros años.
Así
como debemos inculcarles a los niños en forma transversal el amor y
respeto por la naturaleza, también es necesario hacerlo con la ciudad,
sus edificios, sus monumentos, sus plazas, su metro, y todo lo que ha
llevado tanto tiempo y tanto esfuerzo de construir para hacernos una
vida urbana más digna y plena.