Alza
histórica del noble y versátil tubérculo que durante las últimas
semanas no ha cesado en el aumento de su valor; precio en oro que
sorprendió a las familias chilenas, las que siguen buscando alguna
explicación lógica que justifique a la hasta hora, inalcanzable papa.
Tal
como observamos, la solución, no la respuesta, terminó llegando del
otro lado de la cordillera. Así como con el gas o el aceite, ahora fue
la producción argentina la que nos vino a, literalmente salvar las
papas.
Las
propias autoridades han indicado que no existe ninguna explicación para
el aumento de más del 50% en el precio del kilo de papas, y que
incluso, el sistema frontal que afectó a la región centro y sur del
país, no podría haber influido en el fenómeno económico.
Parece
casi una anécdota pero es tan cierto, como que estamos hablando de uno
de los productos infaltables de la gastronomía sureña, desde que se
tiene conocimiento de su existencia hace unos 8.000 años en la región
límite entre Perú y Bolivia.
Como
no va a ser relevante su cultivo y consumo, si solo en nuestro país,
hablamos de más de 200 tipos de variedades de papas nativas y donde la
mayoría de las especies de papas conocidas en el mundo, tienen su origen
en nuestras tierras, sin olvidar de que se trata de uno de los
principales alimentos del mundo.
El
hecho de que el precio de las papas sea un tema nacional por estos
días, nos ofrece la oportunidad de ir un poco más allá en la reflexión, y
no quedarnos únicamente en su valor comercial disparado en el presente.
La
cuestión del precio de las papas, podemos asociarla con el aumento
sostenido que tienen y probablemente seguirán teniendo los alimentos a
nivel mundial y lo complejo que resultará también la producción de
estos. Si además, sumamos hechos como la última emergencia sanitaria del
Coronavirus, situaciones ajenas directamente a la producción de
alimentos, los conflictos armados y el dinamismo de la economía, nos
encontramos frente a un escenario complejo que atenta contra la
seguridad alimentaria.
Si a lo anterior, sumamos los efectos y consecuencias del cambio climático, al situación no se ve mejor.
Hablamos
de inseguridad alimentaria cuando, de acuerdo con la FAO, “cuando una
persona carece de acceso regular a suficientes alimentos tos inocuos y
nutritivos para un crecimiento y desarrollo
normales y para llevar a una vida activa y saludable”. Dice el
organismo que, esto puede suceder frente a la “falta de disponibilidad
de alimentos y/o a la falta de recursos para obtenerlos”.
Siguiendo
los resultados del informe Estado de la seguridad alimentaria y
nutrición en el mundo de 2020, en Chile, casi 3 millones de personas
tienen algún tipo de inseguridad alimentaria.
En
respuesta, tenemos la soberanía alimentaria, estrategia que busca
fortalecer la seguridad alimentaria, poniendo en el centro la
alimentación de las personas y la definición de políticas públicas
dirigidas a potenciar la producción local, con productores locales de
manera sustentable. Aquí es donde aparece una vez más la papa.
Ejemplo
de esto, es el trabajo que realiza INIA Kampenaike y sus profesionales
junto a su experiencia en la producción de papas, sus programas y
proyectos vinculados a la innovación y transferencia tecnológica y de
conocimientos para el apoyo a productores locales, todas acciones que
apuntan justamente a lograr una soberanía alimentaria en Magallanes.
El
apoyo a este tipo de iniciativas resulta fundamental para la economía
local, los pequeños y medianos productores y por supuesto, acercarnos a
la seguridad alimentaria necesaria para enfrentar el incierto futuro de
la alimentación en el mundo.