Paren al mundo que me quiero bajar

La popular frase de Mafalda se volvió realidad en los últimos días. Algunos dirán que es una reacción de la naturaleza por la actitud displicente y vergonzosa del ser humano y que esto es un verdadero estornudo del mundo afiebrado. El cierre de puertos, de fronteras, el obligado aislamiento de casos confirmados del virus y las consecuencias económicas de todo esto parece haberle hecho caso. Un mundo irreverente consigo mismo, que es capaz de dispararse a los pies cada vez que puede, que vive enajenado de la verdadera esencia de su existencia, que circula por las calles como mini partículas de un torrente sanguíneo y que no se da cuenta del daño provocado o del motivo de ese tránsito, debiera ser considerado el verdadero virus. Cerrar frontera por períodos determinados, encerrar turistas en los cruceros, suspender actividades masivas, postergar inicio de clases y adoptar medidas de autocuidado extremo son los pasos necesarios para controlar esto. Habrá numerosos casos de gente perjudicada que soberbiamente tratarán de burlar patrones y órdenes, exponiendo a sus cercanos. Otros deducirán demandas por perjuicios y verán una oportunidad de incrementar sus patrimonios, quizás buscando la vacuna adecuada. Si. Es bueno que el mundo se detenga un poco. No es un gigante asteroide errante detectado en el universo como las películas de desastres; por el contrario, es una insolente y microbiológica existencia que nos debe llamar a un nuevo despertar, que nos da una nueva oportunidad para filosofar sobre la vida, que no es solo pasajera y terminal. Ahora todos le temen a la muerte. Lo más grave es que ha sido un sedante para la verdadera realidad y un nuevo espacio para que los medios llenen sus horas de vaguedad. Conspiración o no, estamos sometidos a un nuevo juego distractivo que permite eludir compromisos, mantener status quo, esconder fortunas, subir precios, destruir economías, y tratar a cientos de millones como prescindibles. No tenemos otro mundo y de este no hay como bajarse. Ojalá que médicos y científicos, políticos y militares, anarquistas y conservadores, blancos, amarillos o rojos deje de mirar sus ombligos y se den cuenta de lo verdaderamente importante. Estamos sometidos a una prueba y no tenemos una segunda oportunidad si la reprobamos.

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