Piñerigolpe de Estado

El expresidente Piñera durante su mandato nos acostumbró recurrentemente al uso de expresiones o situaciones en donde cometía errores, incurría en lapsus o confundía hechos y personajes, en la mayoría de las veces generando la burla, vergüenza o indignación del público. Hace pocas semanas el expresidente acuñó la frase “golpe de estado no tradicional” para referirse al estallido social de 2019, frase que al inicio pudo pasar como una Piñericosa por la falta de rigurosidad del concepto y por lo lejano a los hechos, pero que, sin embargo, para él y su gente, está lejos de ser un error, un lapsus o una chambonada, especialmente debido al contexto en que se emiten y los posibles efectos que provoque. 

Un golpe de estado es un acto rápido de derrocamiento de un gobierno, ejercido generalmente con violencia por parte de grupos económicos, militares o partidos políticos vinculados con cúpulas poderosas. Los golpes de estado son organizados y planificados, para tomar el control del gobierno. Si tuviéramos que entregar algunas características los golpes de estado son violentos e intempestivos, son una demostración de fuerza y poder, son planificados y conspirativos. Bajo esos parámetros sin duda el concepto de Golpe de Estado no se condice con los hechos sucedidos desde el 18 de octubre en adelante.

Un golpe de Estado “no tradicional” por tanto debe tratar de entenderse como una acción sin los parámetros o características comúnmente conocidas. El Estallido Social no fue planificado ni ejecutado por fuerzas organizadas, ni tampoco un intento de tomarse el control del gobierno, aunque algunos dirigentes se aprovecharon (sin representación alguna) para pedir la renuncia o destitución del presidente electo. Sólo en la mente del presidente y algunos seguidores se esbozaba la idea de un enemigo poderoso externo involucrado (bandas de K pop). El Presidente en todo momento tuvo la lealtad constitucional de las fuerzas de orden y seguridad y sólo se oponía una fuerza civil autodenominada Primera Línea, que no era más que un grupo de jóvenes premunidos de baldosas, palos y unos escudos hechizos. Nunca estuvo en riesgo el poder establecido ni el gobierno, aunque la Primera Línea hubiese llegado a La Moneda. Bien simple, porque la finalidad nunca fue el derrocamiento.

Los dichos y afirmaciones del expresidente Piñera no tienen sustento alguno y más parecen un intento de instalar una justificación ante su incapacidad de Gobernar y la represión desmedida y brutal que sufrió la ciudadanía en su mandato durante el Estallido Social (aunque el presidente Boric hoy lo exculpe y lo trate de demócrata). Construir una tesis que reinterprete los hechos y a partir de ello influenciar y escribir la historia reciente parece explicar mejor la arremetida comunicacional de Piñera. Para ello no olvidar el contexto en que se genera, en medio de la conmemoración de los 50 años del Golpe de Estado de Pinochet y en tiempos en que la extrema derecha se impone en términos electorales y redactando una nueva constitución.

El Estallido Social puede ser clasificado como una Revuelta Social. Principalmente fueron protestas masivas y pacificas demandando las injusticias sociales y la crisis institucional en cuanto poder resolverlas y a la falta de credibilidad. Claro que hubo violencia, la destrucción del metro es quizás la mayor expresión de ello, pero nunca estuvo en juego o la intención de interrupción del régimen democrático por la fuerza. Cuando se descontextualiza los motivos del estallido Social se corre el riesgo de buscar enemigos y otras causas, como una excusa para exculparse y de paso cuestionar derechos y avances sociales (como ocurre hoy en el Consejo Constitucional). Una búsqueda de empate que permita escribir la historia reciente y replantear el futuro.

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