Con
preocupación he visto estos días que varios parlamentarios de oposición
y el Partido Socialista se han abierto a estudiar una nueva acusación
constitucional contra el Presidente de la República. La causal esgrimida
es el disenso por la decisión de usar sus atribuciones y pedir revisar
la constitucionalidad de una norma.
Lo
absurdo de esta situación -la amenaza de intentar destituir al
Presidente por estar en desacuerdo con una decisión- nos hace
cuestionarnos la forma en que se están dirimiendo los conflictos
políticos, y las amenazas que se ciernen sobre nuestra democracia.
Primero,
queremos poner en alerta el debilitamiento de la institucionalidad. Las
normas e instituciones en las democracias modernas han sido instauradas
para proteger al ciudadano del abuso del poder, para someter el poder
al derecho y no a la arbitrariedad quién gobierne. Son las normas
permanentes las que dicen cómo, cuándo y qué autoridades pueden tomar
decisiones y no autoridades quienes fijan su propio poder o espacio de
acción. Aceptar las reglas por las cuales somos electos y juramos
respetar es asumir que no somos superiores al resto de los ciudadanos y
que estamos sometidos a control.
¿Qué
pasa si alguien decide matar bajo el argumento de la urgencia
delictual, o suprimir la libertad de expresión para cuidar el respeto?
Igual de absurdo es que parte del Congreso tome atribuciones que no
tiene.
Someter al arbitrio de parlamentarios o partidos el respeto a las reglas es una aberración.
En
Chile hay iniciativa exclusiva del Presidente en ciertas áreas. Muchas
ellas desde la Constitución de 1925, y defendidas por presidentes como
Frei Montalva, Allende, Aylwin y Lagos. En un sistema presidencial, a
quién eligieron las personas para ser responsable del gasto público y
seguridad social es al poder ejecutivo, y está sometido a control por la
ejecución de ese gasto. De no mediar otra elección o cambio de reglas,
ese es el mandato. No han existido elecciones ni han cambiado las
reglas.
Segundo,
el riesgo del precedente que se sienta justo en la víspera de debatir
una nueva constitución. Si algunos de los partidos representados en el
Congreso creen estar por sobre la Constitución, qué certezas pueden dar
de respetar la Constitución que se va a redactar. Nuestro principal
deber es hacer creíble la oportunidad que tenemos al redactar una nueva
constitución.
Quienes
no respetan las instituciones actuales, están también debilitando su
propia credibilidad sobre el respeto a las reglas futuras.
Tercero,
el debilitamiento de la valoración de la democracia detrás de estas
amenazas y acusaciones. El sistema republicano se funda en que las
autoridades son electas democráticamente, en el Estado de derecho y la
separación de poderes. El Presidente es electo por mayoría y por una
coalición que lo acompaña a gobernar. Ese rol lo ejerce porque los
chilenos lo dotaron de esa autoridad. Legitimar un debate en que el
disenso o la disconformidad con las decisiones que toma -equivocadas o
no- sea causa suficiente para destituirlo, es dejar de creer en la
democracia.
En
democracia ese disenso se manifiesta en opiniones, debates y
elecciones; la posibilidad de gobernar se juega en las elecciones, no en
intentos de golpes de estado, derrocamientos o destituciones.
En
un país injusto agregar una nueva injusticia entregando a los políticos
de turno la decisión de qué reglas seguir y quién tiene o no tiene el
derecho de gobernar, es profundizar dichas injusticias. Es dejar cada
día a ciudadanos más desvalidos frente al ejercicio del poder. Por eso
los demócratas siempre defendemos la democracia, es la mejor forma para
proteger a los ciudadanos del abuso del poder.
La
conquista de la democracia es uno de los grandes logros de la humanidad
y uno de los grandes éxitos del país en los últimos 30 años.
Debilitarla, es una de las principales tragedias que enfrenta Chile en
el corto plazo. Es cierto que se requieren más y mejores ayudas
sociales, pero también es cierto que nuestra democracia debe respetarse
para que la ayuda social de hoy no signifique perder la libertad mañana.
Hago un llamado a cuidar nuestra democracia, a respetarla y sobre todo a
recuperar el debate.