Esta
semana, con horror, hemos sido testigos de los mayores niveles de
violencia que ha tenido Medio Oriente en este siglo. Con sangre, se está
escribiendo un nuevo capítulo del conflicto árabe-israelí. Por eso, es
posible afirmar, con certeza, que no habrá un final feliz. Solo podemos
desear que la catástrofe sea lo más acotada posible.
Si
bien las causas remotas de ese conflicto son profundas y complejas, hay
consenso en que la chispa que encendió esta nueva ola de violencia fue
el cruento ataque orquestado por Hamás el pasado 7 de octubre, que dejó
la mayor cantidad de judíos muertos en un solo día desde el holocausto.
Una organización considerada un grupo terrorista por múltiples países,
incluyendo la Unión Europea, Estados Unidos, Japón y Reino Unido, que
controla la Franja de Gaza y que, liderada por fanáticos, es responsable
por muerte y destrucción no solo en Israel, sino que también para el
propio pueblo palestino.
Si
bien la RAE define el fanatismo como “apasionamiento y tenacidad
desmedida en la defensa de creencias u opiniones, especialmente
religiosas o políticas”, me gusta más la explicación de Winston
Churchill, para quien un fanático es “alguien que no puede cambiar de
opinión y no quiere cambiar de tema”. Por su falta de mesura y reflexión
(pensemos, por ejemplo, en la Inquisición o la Alemania nazi), los
fanatismos son responsables de las mayores tragedias que han azotado a
la humanidad.
En
una escala, afortunadamente, muy inferior, esta semana, en Chile,
varios de los integrantes de la Comisión Experta demostraron rasgos de
fanatismo, mezclados con conveniencia política, al preparar y votar
enmiendas al borrador de constitución que recibieron del Consejo
Constitucional.
El fanatismo pudo observarse
en uno de los aspectos que, personalmente, me resultan más difíciles de
comprender de la política: desestimar buenas ideas solo por el hecho de
que vienen del bando contrario. Eso ocurrió con las llamadas “enmiendas
espejo”, en que comisionados de derecha e izquierda presentaron,
separadamente, modificaciones con prácticamente los mismos contenidos,
en lugar de presentar, conjuntamente, textos de consenso.
La
conveniencia política, por su parte, quedó demostrada cuando
comisionados de izquierda no dieron los votos que habrían permitido
aprobar enmiendas presentadas por Chile Vamos, haciéndose cargo de
críticas que la propia izquierda ha formulado al borrador de
constitución. Quizás los mejores ejemplos sean (i) la enmienda para
mantener el texto actualmente vigente relativo a protección a la vida
del que está por nacer (para evitar que se cuestione la ley de aborto en
tres causales); y (ii) las enmiendas que buscaban incorporar
referencias explícitas al término “solidaridad” en ciertos derechos
sociales (como salud y pensiones). Al parecer, una vez más, el
socialismo democrático ha
decidido sumarse a la tesis de la izquierda radical, que irónicamente
está preparando su campaña para votar en contra de una constitución
redactada en democracia. Así, no habían incentivos para mejorar el texto
que se plebiscitará el 17 de diciembre, considerando, además, que la
opción “en contra” lidera las encuestas.
Por
suerte, hubo enmiendas que fueron aprobadas con votos descolgados de
uno y otro sector, recordándonos aquellos tiempos en que nuestros
líderes eran capaces de ponerse de acuerdo.
Aunque
no lleguemos a los horrores que vemos hoy en Gaza, no podemos darnos el
lujo de seguir con las consignas de fanáticos que han impedido avanzar
en las reformas que Chile necesita. Debemos ser capaces de volver a
encontrarnos para que, a pesar de nuestras legítimas diferencias, juntos
seamos capaces de construir un país que vuelva a prosperar.