Cuando se va adquiriendo años y acumulando experiencias se puede mantener y morir en la burbuja de lo que es la vida propia y disfrutar de los logros y reconocimientos conseguidos o ponerlos a disposición de aquellos que vienen y que están comenzando a generar sus propios proyectos y aspiraciones, muchas veces tan descoordinados como las que nosotros mismos tuvimos en nuestra juventud.
Alguien tiene que hacer la pega. No es mesianismo ni la arrogancia de sentirse en un púlpito, pues por más títulos, más años en el servicio público o más altos cargos ejercidos, si se carece del sentido de justicia, jamás se podrá aportar a la solución de los problemas. Una muestra de la carencia de esa empatía estuvo en las declaraciones públicas que, en algún momento, hizo el exministro Mañalich. Sorprendido señaló desconocer el verdadero grado de hacinamiento que hay en nuestro país. Su espontanea confesión nos lleva a entender que hay demasiadas personas que casi no conocen el sufrimiento porque viven en ambientes demasiado alejados de los grandes dolores humanos. A pesar de portar sus propias cruces (soledad, abandono familiar o enfermedades), al tenerlas tan cerca se evaden y no ven ni les interesa ver lo que padecen otros.
Es fácil deshacerse de los problemas sociales al darse cuenta que las necesidades son tantas que no se puede hacer nada, lo cual lleva al escepticismo. Cuando hoy ponemos en la mesa la cantidad de demandas que la explosión social del 18 O catalogó, nos podemos dar cuenta que resulta imposible imaginar enfrentar el mal por todos los lados de manera inmediata. Son tantas y tan variadas y tan urgentes para el que las soporta que parecen insalvables y con un sentimiento egoísta es más fácil desistir y pensar que lo que se pueda arreglar se arreglará y lo que no, mejor será dejarlo como está.
Por ello, y teniendo un profundo sentido de conciencia social que nace de hacerse parte de la realidad y extrema necesidad de la población y como un mecanismo de oposición a las tradiciones que buscan perpetuar los dolores y afectaciones de nuestra sociedad, me sumo y comprometo a la búsqueda de la solución de los conflictos que se han generado producto de tanta iniquidad.
Crear una nueva Constitución no será tarea fácil porque habrá que lidiar con aspiraciones de solución inmediata que será irreal, con un conservadurismo irreflexivo y sectario que no conoce el mal de los que sufren y si lo conocen lo desmerecen y desprestigian como un acto de rebeldía juvenil irreverente. Por ello y teniendo la conciencia y la fuerza para hacerlo me pongo a disposición de la defensa de la verdad y de la justicia y si ello no resulta porque la ola de la odiosidad sea más grande, recién entonces me resignaré y abandonaré. Nunca me he resignado y por ello estoy convencido que debo actuar ahora. Ya basta de tantos después.