Cuando hablamos de
democracia, tenemos que decir que la entendemos como la forma de
gobierno del Estado donde el poder es ejercido por el pueblo, mediante
mecanismos legítimos de participación en la toma de decisiones
políticas. El término democracia es extensivo a las comunidades o grupos
organizados donde todos los individuos tienen el derecho de participar
en la toma de decisiones con igualdad ante la ley.
El
mecanismo fundamental de participación de la ciudadanía es el sufragio
universal, libre y secreto, a través del cual se elige a los
representantes para un período determinado, o, en otros casos, en
procesos de participación de los ciudadanos, que con su voto son quienes
ejercen un derecho.
Precisamente
es lo que viviremos el 4 de septiembre, en donde estamos convocado a
participar en el plebiscito de salida, oportunidad en la cual la
ciudadanía deberá votar mediante un proceso, libre, democrático, secreto
e informado, por una de las dos opciones que estarán en la papeleta,
Apruebo o Rechazo.
Sin
duda que, a medida que se acerca el día de una elección, como es de
costumbre y por la idiosincrasia nuestra, surgen las pasiones, suben los
ánimos, las ansias, se instalan discusiones legítimas, surgen los
intercambios de opiniones y la postura de cada ciudadano y ciudadana,
que, mediante su razonamiento, debe tomar una opción, la cual debe ser
respetada, ya que está ejerciendo su herramienta de poder a través de su
voto.
En lo
personal, me ha tocado ejercer mi voluntad democrática desde enero del
año 1978, en aquella convocatoria del miércoles 4 de enero, en donde la
dictadura llamó a pronunciarnos mediante una consulta que determinaba la
“legitimidad del Gobierno encabezado por el dictador Pinochet”. Desde
entonces he participado y he sido testigo de todos los procesos
eleccionarios que hemos vivido los chilenos.
Por
tal motivo, y centrándome en la experiencia desde el retorno a la
democracia con la elección del Presidente Aylwin, me llama la atención y
me preocupa el clima de violencia verbal y descalificaciones mutuas que
hoy existe en nuestro país en torno al proceso que estamos viviendo con
mira el 4 de septiembre próximo, agresividad y comportamiento que se
manifiestan por partidarios de ambas opciones, sin distinción.
Claro
está que cada uno de nosotros tiene el legítimo y absoluto derecho de
defender sus ideas y convicciones, pero eso no nos puede convertir en
enemigo o traidor de quien piensa distinto; eso no es democracia, nadie
puede imponer su voluntad a la fuerza venga de donde venga, lo chilenos
tenemos una penosa experiencia que vivimos durante 17 años de dictadura,
en donde, por el hecho de pensar distinto se impuso el poder, mediante
tortura, asesinatos y desapariciones.
Por
eso a través de esta columna llamamos a cuidar esta democracia que
tanto costó recuperarla, muchos hombres y mujeres que ya no están dieron
su vida para lograrlo, es el legado que nos dejaron. La libertad de
expresión, de conciencia y voluntad ciudadana debe respetarse siempre,
en eso consiste la democracia.