Dos cosas aparentemente desconectadas entre sí, la insistencia y la sociedad, pueden ser vistas como parte de un mismo escenario, e integradas por un anhelo fuerte, capaz incluso de movilizar a una persona. El ser humano tiene justamente esa extraordinaria capacidad de construir escenarios sociales en donde es posible establecer estas conexiones, entre otras miles de posibilidades más.
Podemos pensar entonces, aunque sea ilusoriamente, que no sólo somos un cuerpo único y coherente rodeado de piel y dedicados a una finalidad más o menos unitaria de sobrevivir y reproducirnos. Somos, la mayoría, mucho más que eso, pudiendo incluso otorgarle un sentido a nuestras existencias.
Se dice que el sentido de la vida para cada uno y la conciencia que se llega a tener de ese sentido, es variable y dependiente de los estados objetivos de la mente, de las circunstancias sociales y naturales que nos rodean en momentos específicos de la vida individual y colectiva.
De aquí nace el anhelo por superar barreras, de generar mejores condiciones, de buscar más allá de lo corriente, de superar destinos que sólo conducen al gasto superfluo del escaso tiempo que nos toca por vivir. Así como la imaginación, concepto individual por excelencia, conduce al don único de la metáfora, nuestra capacidad de anhelos es la base para dar sentido a nuestra vida. Tanto las metáforas como los anhelos, siendo propias del individuo, pueden entrelazarse y crear, aunque sea en la utopía, un modelo de sociedad capaz de quedar instalado no sólo en el cerebro del individuo, sino que en el colectivo.
No hablamos de un modelo, con palabras de Richard Dawkins, supersticioso, mezquino, provinciano, lleno de espíritus y de trasgos, astrología y magia. Hablamos de un modelo grande, merecedor de la realidad que regula, pone al día y atempera. Un modelo potente, que incorpora el pasado, nos conduce a través del presente y es capaz de avanzar para ofrecer construcciones de futuro alternativos y de permitirnos elegir libres, fraternos e iguales. Un anhelo de este tipo, simple en su forma y fondo y que hemos tratado de sugerir en varias oportunidades, con todas sus metáforas, es capaz de darle sentido a nuestra corta vida y decir antes de morir: Sí, por esto es por lo que valió la pena venir a la vida en primera instancia. Sostenemos que anhelar es construir humanidad y capacidad de diálogo y, a su vez, esto es darle un cierto sentido a nuestra existencia por simple que parezca.
Como señala Ortiz-Oses, el sentido de la vida debe ser el pan nuestro de cada día, a veces endurecido, pero sin el cual comprobamos el hambre radical que confiere la nada. La reformulación de una sociedad dialogante es requisito esencial para los días que vivimos, pero esto no es posible sin anhelos que marginen a la intolerancia, a la desigualdad y a la ambición.
Quienes no anhelan un sentido original y propio para sus existencias están atrapados en una confrontación que genera incertidumbres y hastíos y siembran una sensación de desconfianza total en la capacidad de empatía subyacente a toda posibilidad de construcción social inclusiva e igualitaria.