U
n país es el conjunto de ideas y acciones de los hombres y mujeres que lo han habitado y que han sido capaces de perdurar en el tiempo.
Las ideas de justicia, de solidaridad, de verdad, de libertad, de respeto al otro, de progreso, son las que han permitido que podamos vivir con cierta tranquilidad y realizar el proyecto de vida que cada cual se ha propuesto según sus propias convicciones. Sin esas bases, que todos hemos de respetar, los proyectos personales pueden terminar haciendo mal.
Hoy, la ausencia de estas bases comunes nos tiene sumergidos en una situación política, social y económica muy compleja cuya manifestación más visible es la corrupción y la violencia bajo todas sus formas. Pronto será la pobreza.
A quienes tienen responsabilidades públicas, sobre todo en el ámbito legislativo y ejecutivo, les corresponde plasmar los valores que cimentan la vida en común.
Cuando quienes cumplen dicha tarea, que de suyo miran al bien común, dejan de ser referentes para las personas porque su comportamiento no ha sido el adecuado y sus valores han sido tergiversados, los desencuentros y la violencia comienzan a asomarse en la vida pública. Es lo que estamos viendo hoy con mucha fuerza.
En tiempos de elecciones, los candidatos tienen la gran oportunidad de mostrar qué es lo que quieren hacer, cómo lo van a hacer y para qué lo van a hacer a todos quienes buscamos que nos representen a la hora de tomar decisiones que nos incumbe a todo.
Es allí dónde las campañas políticas adquieren verdadero peso específico y talante humano. En el plano de las ideas se juega una elección.
Hemos visto, con mucho dolor, lo desprestigiada que está la clase política, por un lado, y por otro, que las campañas más que ideas, presentan o meros eslóganes o derechamente descalificaciones.
Por ese camino no llegaremos a ninguna parte. Y como siempre los más pobres serán los más desfavorecidos.
A los candidatos les pediría que hagan un breve alto en el camino y analicen con mucha franqueza qué es lo que los motiva a postular. Si es realmente el bien común u otro tipo de motivaciones. Más que nunca, los jóvenes lo exigen. Lo primero es hacer ver que la vida adquiere sentido cuando es un servicio a los demás. Cuando es una entrega generosa de cara a la ciudadanía.
Es una herida abierta como país ver a tantas personas con responsabilidades públicas entrando y saliendo de los tribunales.
Las experiencias del pasado nos han dicho que cuando la motivación última no es servir, comienza inmediatamente la que está más a la mano: el abuso de poder del que se sigue todos los demás.