Tiempo de solidaridad

Hace unas semanas éramos poco más de ocho mil millones los
habitantes del planeta Tierra. ¿Cuánto aumenta la población mundial por
año? Según datos de la ONU, aumenta unos ochenta y cuatro millones por
año. Y para continuar con datos macro en la entrada de esta columna, se
estima que la población mundial aumente a diez mil millones en
2050 (en ¡37 años más!) y a poco más de once mil millones en 2100 (es decir, en 77 años más).

Y
Chile, ¿cómo está? Chile ya alcanza una población de poco más de 19
millones de personas, y presenta una moderada densidad de población, 26
habitantes por kilómetro cuadrado.

Es cierto, en estas estimaciones de crecimiento se funden y confunden muchas tasas demográficas que esta vez no analizaremos.

La
gran comunidad planetaria, los hombres y mujeres que poblamos el
planeta debemos asumir de modo consciente qué lugar ocupamos en él, qué
hacemos, cómo lo hacemos, qué podemos hacer mejor. Pues, es claro, muy
claro, debemos procurar hacerlo mejor no solo en nuestro “metro
cuadrado”, también debemos ocuparnos de lo que ocurre más allá, al lado,
por lo pronto, lo que está junto a nosotros, y no es un qué, es un
¡quién!, una persona, como yo, como tú. ¡Vaya descubrimiento!

Pongo
de relieve lo que parece más evidente, nuestra ausencia, nuestra
disminuida o poco vitaminizada articulación con el tú. Así, ni modo que
podamos construir comunidad, construir nostridad.

No
obstante, en este fin de semana largo, aciago para la población de más
de seis regiones del país, hemos constatado una vez más nuestro desapego
con lo natural, con el entorno, ese sentido de propiedad, de dominio
impropio, que, de tanto en tanto, nos es cobrado. Falla el sistema;
fallamos nosotros, la verdad.

Imaginé, creí, soñé, pensé (¡todas las anteriores!), en tiempo
de pandemia, que dada la severidad de ella, su sostenibilidad en el
tiempo, ello implicaría en nosotros, cambios. Me equivoqué rotundamente,
lo he de reconocer. Poco y nada ha cambiado. Seguimos siendo los mismos
ensimismados (valga la redundancia). ¿Factores? El encierro, la
comunicación en línea, muchas veces a pantalla cerrada, comunicación que
no tenía retorno seguro, comunicación con eco, “autocomunicación”, en
cierta forma. En suma, una comunicación regulada, de cristal, de
encierro. Nada que ver con la comunicación real, genuina, de cercanías,
de cara a cara. Estos son factores que, a mi juicio, inciden en
comunicaciones individualizadas, y no en diálogos, en conversaciones, en
debates, que muy rápidamente se fragilizan,

Sin embargo, la tarea, hoy, también ayer, es mayor, ingente, delicada.

Esta
vez no cabe eso de sálvense quien pueda. Es necesario coordinar
esfuerzos de ayuda, apoyo, asistencia, colaboración. Bien vale aquí,
ahora, el refrán de El Guzmán de Alfarache: “Una mano lava la otra y
entrambas la cara
”. Cierto,
una mano lava a la otra, y ambas la cara. ¿Qué quiere decir esto? Ahora
y siempre, es necesario ayudarse unos a otros para conseguir mejores
estándares o niveles de vida, a la vez que implica alivio o mérito de
que alguien ayude para incorporarse, recuperarse antes y con menos
esfuerzo.

¿Cómo
podríamos salir adelante? Abandonándonos, donándonos, extendiéndonos.
Nuestros dones, nuestras dotes, nuestro saber, nuestra expertice deben
estar al servicio de los demás.

Y
este debe ser un afán de todos, de todos, no de todos menos uno,
cualquiera sea nuestro puesto en la sociedad. El lenguaje interviene
aquí, una vez más. Debemos darnos la mano, tendernos una mano, y dejar
de ser s
olitarios y ser, de verdad, genuinamente, solidarios.

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