No
hay duda de que, en los últimos cien años, la humanidad ha
experimentado cambios significativos que han incidido en el
reconocimiento y especial protección de grupos vulnerables, quienes
habían permanecido relegados a planos secundarios de la vida en
comunidad. Muestra de ello son los distintos instrumentos adoptados por
Chile a nivel nacional e internacional, destinados a amparar, entre
otros, los derechos de las minorías sexuales, de los migrantes y de las
mujeres, dejando un tanto relegado a un segmento de nuestra población
que, dada su condición de niños, niñas y adolescentes, carecen de los
medios para erigirse, por sí mismos, en actores relevantes y permanentes
del debate público, salvo cuando se verifican verdaderas tragedias que
los hacen protagonizar de tiempo en tiempo, las primeras planas de los
medios de comunicación.
Es
por lo anterior, que al conmemorarse el Día Mundial contra el Trabajo
Infantil se presenta una oportunidad para reflexionar sobre un ámbito de
la infancia muy poco debatido entre nosotros: la exposición de los
niños, niñas y adolescentes a distintas formas de trabajo abusivo. Si
nos limitáramos a analizar la problemática del trabajo infantil desde
una perspectiva estrictamente legal, sería posible afirmar que Chile
cumple con los cánones internacionales sobre la materia, al disponer de
diversas regulaciones. Sin embargo, la existencia de un sistema legal
como el descrito no garantiza que nuestros niños queden amparados, sino
que es necesario recurrir a herramientas adicionales, tales como las que
ofrece la educación.
En
este sentido, parece evidente de que mientras más amplia y extensa sea
la formación académica y cultural brindada a población infanto-juvenil,
menores serán las chances de que este grupo tan vulnerable se vea
expuesto a trabajos indignos, mal pagados, abusivos y que restrinjan sus
posibilidades de crecimiento personal y movilidad social. De allí la
relevancia de enarbolar a la educación, a los centros de formación y a
los docentes como agentes fundamentales en la lucha diaria y silenciosa
contra el trabajo infantil y la importancia medular de asegurar la
retención de los niños, niñas y jóvenes en el sistema educativo como
instrumento de contención frente al avance de este tipo de flagelo, así
como de otros vicios que corroen el entramado social.
Esperemos
que en lo sucesivo y tal como acontece con otras conmemoraciones, el Día Mundial contra el Trabajo Infantil se instituya como una fecha
significativa en los calendarios, en la que los niños y adolescentes
ocupen el sitial que merecen como sujetos protagónicos en el concierto
de la discusión pública, por ser ellos quienes en un futuro no muy
lejano, conducirán el destino de nuestra sociedad, siendo nuestra
responsabilidad desplegar desde ya, las medidas necesarias para procurar
la eliminación de las trabas que impidan arribar a dicha meta.