Lo
que ha venido sucediendo con especial énfasis a partir de octubre del
2019, es que el centro político del país se ha ido desdibujando,
desapareciendo ante el avance de grupos identitarios que fueron copando
la agenda con sus demandas, como de grupos que desean retornar a épocas
pasadas. Este hecho queda palmariamente claro con el declive de los
partidos del centro izquierda como la Democracia Cristiana, el Partido
por la Democracia y el Partido Radical. Estos obtuvieron magros
resultados electorales el 7 de mayo recién pasado y no eligieron
consejeros constitucionales. Por el lado del centro derecha los partidos
de Chile Vamos disminuyeron drásticamente su votación, quedando en una
delicada posición de cara a futuras elecciones. Sin embargo, pudieron
elegir consejeros, lo que evitó un desastre sólo comparable a lo que le
sucedió a la derecha en los años sesenta del siglo pasado.
Al
quedar el centro político sin mayor representación política, la
polarización se ha acentuado, crispando el ambiente y trabando los
necesarios acuerdos en bien del país. Los efectos que se pueden producir
cuando sólo existen dos fuerzas políticas muy antagónicas, pueden ser
delicados. Las fuerzas de gobierno y las del Partido Republicano son
como el agua y el aceite y ellas están presentes en el Consejo
Constitucional. La posibilidad de acuerdos entre ellos se ve lejana y
existe el riesgo cierto que el texto que se plebiscite en diciembre
próximo sólo recoja las ideas de los ganadores. En este proceso
entonces, de alguna manera el centro político queda fuera de juego. En
principio no existe incentivo para recoger las ideas de todos los
partidos representados en el Consejo, precisamente porque sólo un
partido tiene derecho a veto, además de si suma a las fuerzas de Chile
Vamos pueden redactar las normas que estimen convenientes.
El
futuro sin un centro político augura turbulencias políticas. El centro
sirve para morigerar las posiciones e ideas de quienes están en el
extremo del arco político, articulando acuerdos y acercando posiciones.
Desde el retorno a la democracia, el país fue gobernado por coaliciones
que se movían al centro del espectro central, sea de derecha o de
izquierda. El consenso producido por ellos permitió un gran desarrollo
para el país. Si bien el segundo gobierno de Michelle Bachelet se alejó
del centro en donde había actuado la Concertación, fue con la irrupción
del Frente Amplio que el país se fue alejando de la moderación. Los
maximalismos de esta fuerza política y la adhesión irreflexiva del
centro izquierda a tales extremos, hizo que los votantes se inclinaran
por candidatos de cada extremo partidista. Primero la izquierda radical
ganó ampliamente en la votación de convencionales constituyentes, para
posteriormente ganar la derecha del Partido Republicano, que está en las
antípodas de aquella.
Es
de esperar que el país vaya entendiendo que un centro político de
derecha e izquierda es indispensable para avanzar como país. De lo
contrario, brincaremos de un extremo a otro y se habrá cumplido el deseo
de De Polo, actual embajador de Chile en Brasil y perteneciente a
Revolución Democrática, que Chile tuviera inestabilidad institucional.
Los mejores años institucionales y económicos de Chile se produjeron
cuando el centro político era robusto y representaba a una amplia
mayoría del país. Esto permitió acuerdos y consensos básicos. Un futuro
sin centro político sólo producirá inestabilidad, con todo lo funesto
que representa un escenario así.