Arqueólogos, antropólogos e historiadores nos enseñan que lo sagrado ha
estado presente en todas las civilizaciones; que los seres humanos, de
diferentes latitudes y épocas, han creado ámbitos sacralizados. En
occidente, lo sacro está habitualmente unido a lo religioso, a la
relación con un ser superior, lo que no deja de ser un error, ya que lo
primero antecede a lo segundo en miles de años. La ciencia nos demuestra
que lo sagrado es el resultado de una construcción social que da
fundamento y sentido temporal a una sociedad, haciéndola colectiva,
confiriendo una trascendencia común a quienes están insertos en ella.
Pero, ¿cuál es la esencia de lo sagrado? ¿Se manifiesta de la misma
forma en todas las civilizaciones? El tema no es una mera especulación
intelectual, sino, probablemente, uno de los asuntos mayores de nuestra
especie humana.
Sagrado
es “lo relativo a lo divino, a lo sobrenatural”, nos dice una de sus
acepciones. “Lo que inspira una veneración profunda”, completa otra.
“Aquello que pertenece al ámbito de lo inviolable, de lo prohibido” nos
describe una tercera, que parece ser más apegada a la historia. En el
plano social, lo sacro suele declinarse en ritos, prácticas, costumbres,
prohibiciones y reglas que protegen eso que es inviolable. Lo sagrado
no está ligado a una religión, ni tampoco a nuestra civilización
judeocristiana en particular. En la generalidad de los casos estamos
frente a un asunto profano, ya que proviene de una construcción humana.
Siendo esa su naturaleza, debemos aceptar que evolucione: lo que ayer
fue sagrado, no necesariamente permanecerá siéndolo, pues lo protegido
corresponde a patrones éticos y morales, que por definición son
evolutivos. Hasta épocas recientes, el sacrificar doncellas o la
antropofagia eran aceptadas y practicadas por varias culturas. También
la esclavitud, el incesto, la pedofilia, la tortura, actos tipificados
hoy como crímenes gravísimos. Cementerios y ritos post mortem, escuelas,
museos y templos, la madre y los hijos, parecieran permanecer aún
dentro de esta misma categoría sagrada.
Sucede, sin embargo, que, en occidente, existe un fenómeno
acelerado de erosión de lo sagrado. Todo indica incluso que esta
tendencia se amplifica. Sus símbolos son cuestionados y cancelados, a
veces hasta hacerlos desaparecer. Con la inescrupulosa mercantilización
del turismo, por ejemplo, muchos templos —Capilla Sixtina incluida—,
museos y panteones, han ido perdiendo su carácter sacro. Además, algunos
académicos se encargan de dar sustento teórico a la banalización de
hitos que han sido sustentos de memoria e historia, aquellos por los que
tanta gente ha entregado su vida. Es, justamente por lo sagrado, que
una nación acepta y justifica el sacrificio. En nuestra corta historia,
hombres y mujeres han muerto defendiendo su patria o la sagrada dignidad
de un sustento familiar.
Hace
unos días, apareció una publicidad para un tour organizado por la
fundación Futuro, perteneciente a la familia Piñera. Se invitaba a
visitar una viña — ¡cata de vinos incluida!— y luego, “de pasadita”,
Villa Grimaldi, centro de detención y tortura de la dictadura militar.
Ante tal grosería, la protesta fue unánime, la hija del ex presidente
debió pedir disculpas y el impúdico “paquete” turístico fue suspendido.
Se impidió una violación de lo sagrado. No fue el caso con lo ocurrido
en Valparaíso, a fines de agosto, donde no se abortó el sacrilegio:
durante un acto masivo en favor de la opción “Apruebo” del plebiscito
constitucional, un autodenominado artista, entre risotadas de
autoridades y partidarios, se extrajo del ano la bandera chilena. Este
gesto abominable de público rechazo, costó probablemente decenas
de miles de votos a la izquierda. Más cerca de nosotros, el destrozo
del altar de la Catedral por parte de algunos desquiciados activistas,
forma parte de la peligrosa y condenable naturalización del sacrilegio.
Los incendios de escuelas, bibliotecas y museos, la mofa de los símbolos
patrios, no solo traspasan los límites de lo prohibido, sino que
terminan por ir aniquilando lo sagrado de nuestra historia y minando con
ello la civilización humana.