Una oración por todos

Siempre, pero más, mucho
más, en estos días aciagos, la oración, una oración, es un buen recurso
para pedir por nuevas instancias, nuevos estados, mejores, por
supuesto, que ojalá enmienden rumbos, corrijan pasos, rectifiquen
decisiones, inviten a la reflexión, suavicen la voz, quizás así se logre
la modulación de las esperanzas de unos y otros, de manera tal que se
obren cambios, y sean tiempos de nueva gracia. Propongo hoy esta
oración.

Padre
nuestro que lo eres de todos, verdaderamente de todos, también de
nuestros hermanos venezolanos, los del distrito federal, de sus otros 23
estados, y de los 335 municipios, así como de todos quienes han migrado
a otras tierras.

Que
estás en el cielo y la tierra, en Zulia, en Bolívar, en La Guaira, en
Lara, en Miranda, en Aragua, en Carabobo, en Portuguesa, en Sucre, en
Apure, en Falcón, en Anzoátegui, en Táchira, en Amazonas, en Delta
Amacuro, en Monagas, en Trujillo, en Cojedes, en Mérida, en Barinas, en
Yaracuy, en Nueva Esparta, en Vargas, así como en la mismísima Caracas, y
en todo lugar donde Venezuela recibió por primer nombre Tierra de
Gracia.

Santificado
sea tu Nombre, y veamos que es santo, tanto en los momentos difíciles,
de incomprensión, de beligerancia, de soberbia, de decisiones
precipitadas, de migración obligada, de cobijo en lugares de seguridad y
no tanto, como en aquellos de sosiego y paz.

Venga
a nosotros tu Reino, tu reino debe ser ahora, aquí, un reino de hechos,
de obras, que todos y todas, unidos como hermanos, mano con mano, codo a
codo, mirándonos a los ojos lo debemos construir.

Hágase
tu voluntad, ¡qué dura es tu voluntad! Debemos tener claro que la
voluntad de Dios no es la de los hombres y mujeres, la de Dios es
amarnos, acompañar a quien lo pasa mal, estar a su lado, aunque el otro
no me guste.

En la tierra como en el cielo.

El
pan nuestro de cada día dánoslo hoy, a niños, niñas, adolescentes,
adultos, ancianos, a quienes viven en la ciudad, a quienes viven en el
campo, a quienes viven en el centro cívico, financiero, a quienes viven
en la periferia, y, en especial, a quienes están con su salud
quebrantada.

Perdona
nuestras ofensas, nuestros rencores, nuestro malhumor, nuestra lengua
demasiado larga, nuestro ánimo de sacarle el cuero a alguien, nuestras
impertinencias, nuestras omisiones.

Como también nosotros perdonamos a los que nos ofenden, ¡esto es otro cantar!

Quienes
nos ofenden son siempre peores que nosotros, lo son sus críticas, sus
descalificaciones, sus ironías, su falta de consideración, sus
sarcasmos, sus orgullos, y la falta de criterio.

No
nos dejes caer en la tentación de sentirnos superiores y de dominar a
los demás. de vanidad, de poder, de no dar la cara, de ser prepotentes,
de juzgar a los demás, de no intentar entender a los demás, de no
comprometerme con el prójimo.

Y
líbranos de todo mal, del individualismo exacerbado, de la soberbia
supina, del egoísmo sin control, de la falta de solidaridad, para
sentirnos más libres y ser un mejor testimonio de Ti.

Amén.

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