Una
madre sufría mucho por las actitudes de su hijo adolescente: frecuentes
salidas nocturnas, excesivo consumo de alcohol, modo de contestar, así
como sus arrebatos de violencia.
Desesperada,
un día le dijo llorando: “hijo, ¿qué te pasa?, tienes todo: una
familia, amigos, vas a un buen colegio, entrarás a la universidad, has
viajado, te queremos, no te falta nada. Hijo, dime, por favor, ¿qué te
pasa?”
El
joven, se tomó la cabeza con las manos y llorando le dijo, “mamá, no le
encuentro sentido a la vida, me siento vacío, he perdido la esperanza.
No tengo ganas de vivir, la vida no tiene sentido para mí.”
¿Cómo
no iba a experimentar náuseas de vivir, si desde pequeño lo lanzaron en
la frenética carrera de los puntajes y las notas, pero nunca le
preguntaron cómo estaba?
¿Cómo
no sentir esa soledad y vacío, si en el fondo le hicieron ver que las
notas, los puntajes, el éxito, el ser admirado por los demás, era algo
más importante que él mismo?
¿Cómo
no sentirse vacío si las sofisticadas estrategias de marketing lo
llevaron, desde muy niño, con técnicas atractivas y muy bien pensadas, a
una desatada carrera del consumo? ¡Le hicieron creer que mientras más
tenía, mejor era, incluso teniendo cosas que no necesitaba!
¿Cómo
iba a encontrarle sentido a su vida, si le dijeron que, con tal de que
no diera problemas, hiciera lo que quisiera, como quisiera y cuando
quisiera? Nadie le habló de su dignidad y de la de los demás. Muchos
padres, no tenían tiempo, estaban muy ocupados; otros, sencillamente no
sabían cómo hacerlo.
¿Cómo
no va a sentir temor si los otros son presentados, de manera sutil pero
real, como enemigos de los que tiene que defenderse y protegerse?
¿Cómo
no se va a sentir solo y vacío un joven al que en vez de ofrecerle
altos ideales de vida, altas metas de orden espiritual y social se le
ofrece entretención y “felicidad barata” en una “promo”?
¿Cómo
no estar desencantado y sin esperanza si percibe que los aspectos más
nobles del ser humano, como la vida pública, el mundo de los afectos y
la propia existencia, están marcados por el lucro, la corrupción y las
interminables luchas de poder?
¿Cómo,
si cuando toda su vida y sus decisiones están encaminadas a responder
la pregunta sobre “de qué voy a vivir”, relegando a un plano
absolutamente secundario la pregunta madre de todas las preguntas:
“¿para qué voy a vivir y cuál es el sentido más profundo de mi vida?”
¡El grito en el cielo puso su familia y cercanos cuando un joven lleno
de ideales dijo que quería ser artista! ¡Ya se le va a pasar,
comentaban!
He
aquí el drama del siglo XXI y sus variadas respuestas. Desde el tango
Cambalache que dice que “el mundo fue y será una porquería, ya lo sé”
hasta la esperanza mesiánica en la ciencia y su hija, la tecnología,
como la respuesta última a las preguntas que inquietan el corazón
humano.
La
razón última de este sinsentido y las respuestas que se han dado que,
por cierto, han fracasado, es que se ha pretendido construir un mundo al
margen de Dios. Nos hemos quedado con las apariencias y no con la
realidad. Nos hemos quedado con el foco que encandila, con la fiesta que
embriaga,
pero hemos desechado la luz que ilumina y la conversación serena que
hace reflexionar y crecer. Hemos preferido el ruido a la música. Nos
hemos quedado con la velocidad del auto, pero hemos olvidado el rumbo.
El bien instrumental hoy resulta ser más relevante que el bien moral. En
ese contexto se han ido convirtiendo los medios en fines y los fines en
medios. Consecuencia: no se distingue con claridad el bien del mal, y
el mal del bien.
Así
las cosas, hacemos y tenemos, pero a costa de dejar de ser lo que
somos. Quisimos construir un mundo al margen de Dios y así, amputamos al
hombre de la dimensión estructurante de su vida y lo redujimos a la
categoría de mero material biológico, de consumidor o de hacedor.
Sí,
es aquí donde está el corazón del drama de este joven, del drama de
Chile y de la humanidad. Acortó la visión de su propia vida y la del
mundo, porque nadie le dijo realmente quién era, un hijo de Dios creado a
su imagen y semejanza, redimido por amor.
Este
mundo sin Dios no quiere pensar, le tiene miedo a la palabra verdad y,
en nombre de la tolerancia, de la libertad, del “derecho a ser feliz” y
al derecho a hacer lo que yo quiera, ha terminado entrampado en sus
propios excesos. Este mundo clama, gime, pide Salvación.
¿Quién podrá ayudarnos? ¿Quién podrá decirnos que la vida tiene sentido, que la vida vale la pena vivir?
La
ciencia y la tecnología, sin negar su altísimo valor, que la Iglesia
reconoce, es evidente que no alcanzará nunca a dar cuenta por el sentido
de la vida. Eso lo sabemos, y nos equivocamos cuando pensamos que lo
encontraremos en un viaje exótico o lleno de lujos, o en una cirugía
estética que nos sacará por un breve instante el pasar del tiempo, o en
el auto más moderno o en la casa más lujosa o tecnológica. Aquellos
bienes podrán entretenernos o ayudarnos en un momento determinado, pero
no podrán salvarnos. Esa es la verdad, y lo sabemos. Todos hemos
experimentado el vacío que se siente al creer que el hacer o el tener
nos va a hacer felices, nos van a dar auténtica paz o a saciar los
anhelos más profundos de nuestro corazón.
Necesitamos
salvación, aquella que no podemos darnos a nosotros mismos. Esa
salvación esperada tiene un nombre: Jesucristo. Él nos ilumina el camino
para que vivamos conforme a nuestra dignidad. Él se nos presenta como
la verdad y la vida y nos dice con claridad que estamos en este mundo
por Él, por quién todo fue hecho. Él nos recuerda que es nuestra meta y
nuestra razón de ser. Por Él somos, nos movemos y existimos.
Desde
Dios, en cuanto referente trascendente y omnipotente, podremos dejar de
lado la tiranía de la apariencia, del éxito, del figurar, del querer
ser admirado y entrar en los rieles del amor, de la donación, del
servicio que trae alegría verdadera y paz auténtica.