Escribo estas líneas desde la preocupación de ser padre, por lo tanto me tomaré una serie de licencias que quizás rocen la ignorancia y desinformación, pero que intentan hacer un llamado a hacernos cargo en forma urgente de un problema que se expande en volumen y consecuencias. En menos de un mes de clases, los medios de comunicación son testimonio de una alarmante situación en Punta Arenas: la violencia escolar. De un tiempo a esta parte distintas expresiones de violencia han sido parte de la convivencia escolar, desde agresiones verbales hasta ataques físicos. El retorno a clases post pandemia ha venido de la mano de insultos, amenazas, acoso, bullying, ciberataques, peleas, agresiones psicológicas, emocionales y físicas, concertación para peleas masivas y, lamentablemente, ataques con elementos cortantes. Junto a ello, debe considerarse los daños contra la infraestructura y la propiedad pública y privada. Tal parece que los jóvenes están dispuestos a todo con tal de dañar a otra persona, sin medir consecuencias.
El año pasado, fuimos testigo como grupos de adolescentes se concertaban en distintos espacios públicos para aclarar sus diferencias a golpes, mientras sus amigos incentivaban la acción y grababan videos para dejar testimonios en las redes sociales (y continuar con la acción violenta). Otros más reactivos se pelearon directamente dentro de los establecimientos educacionales. Los grados de violencia aumentan y las consecuencias también en una diversidad de formas que evolucionan más rápido que el entendimiento institucional, afectando a una población altamente permeable y vulnerable.
Las formas de abordar la violencia escolar dependen exclusivamente del establecimiento educacional. Al parecer las formulas empleadas hasta hoy no dan cuenta de lo complejo del problema y terminan siendo meros maquillajes. De esta forma la Política Nacional de Convivencia y los Protocolos de Actuación parecen letra muerta ante un volumen de hechos violentos que ocurren en colegios públicos y privados. Seguramente algunos programas específicos puedan tener resultados exitosos, pero con seguridad “una golondrina no hace verano”. Se requiere con urgencia una intervención profunda y global, que incluya a todos los componentes de una comunidad educativa y su entorno.
Seguramente la violencia escolar tiene muchas causas, propias de la edad, de las comunidades educativas, de las características de las familias, de circunstancias excepcionales, como la pandemia, o de la combinación de factores. La violencia se aprende y se trasmite entre generaciones, y si no se aborda a tiempo tiende a normalizarse, generando clases y poder, formas de relacionarse, que sin intervención adecuada y el debido entendimiento son naturalizadas y hasta aceptadas por parte o el conjunto de la comunidad educativa.
En los tiempos actuales, es inconveniente minimizar los hechos o asumir que son hechos aislados. Al ser un fenómeno conductual se debe intervenir antes que se convierta en un modo de relación aprendida, asimilada y normalizada. El “matonaje” es una forma de acoso y abuso producto de una conducta reiterada sin orientación ni sanción a tiempo. Resolver a golpes las diferencias seguramente tiene relación con carencias formativas en los modos de relacionarse. Debemos ser intolerantes frente a las burlas, las ironías, los sobrenombres, cuando buscan denostar, humillar o ridiculizar a alguna persona. Ante conductas inapropiadas el diálogo oportuno, la intervención orientadora, la preocupación por la víctima y la educación del victimario deben ser prioridad en las comunidades educativas. Tener profesionales de apoyo integral y los protocolos adecuados debe ser una prioridad para cada establecimiento educacional y tener el respaldo financiero de las autoridades competentes.
La familia es fundamental y los padres no podemos transferir nuestro rol formativo a los colegios. La socialización de las hijas e hijos comienza en los hogares y es fundamental para la formación conductual y cultural. Cada familia tiene sus propios problemas y circunstancias que inciden en la formación de los adolescentes, por lo cual la primera tarea es tratar de solucionar los problemas en conjunto o buscar y contar con la ayuda oportuna de ser necesario. Parar la violencia escolar es tarea de todos, y debe ser una prioridad en nuestra sociedad y nuestras autoridades.