A
pesar de que ya me he referido a este tema en columnas anteriores,
considero oportuno y necesario volver sobre la educación y los hechos de
violencia que están afectando a las comunidades escolares durante este
año. Aclaremos que no se trata de un fenómeno o situación particular que
acontece en Magallanes o solo en Punta Arenas.
Lamentablemente,
hemos constatado que, la convivencia escolar se ha interrumpido y visto
fragmentada en escuelas y colegios de todo el país, lo que nos lleva,
en primer lugar a prestar especial atención a lo que ocurre dentro y
fueras de las aulas de manera responsable y seria a nivel estructural,
es decir, como situación que debe ser abordada a partir de autoridades
hasta en el gremio docente.
Por
otra parte, urge ponernos a pensar entre todos, por qué están
ocurriendo estos hechos de los cuales hemos sido testigos, por dónde
pasan sus causas y a qué responde, para poder adoptar medidas
pertinentes y adecuadas posteriormente.
Es
necesario hacer un diagnóstico profundo y participativo para lograr
descubrir los orígenes del fenómeno de la violencia escolar. En este
sentido, tenemos al menos un dato, y es el que guarda relación con la
pandemia y los periodos de confinamiento donde los estudiantes pasaron
largo tiempo alejados de sus pares y del entorno escolar formal,
obligados a llevar a delante una vida completamente distinta al interior
de hogar en un contexto también singular.
El
retorno a la presencialidad y a las aulas, claramente significa
emprender un nuevo desafío y proceso que por lo visto no ha sido breve
ni sencillo de llevar a cabo.
Como
todo proceso, inevitablemente tiene sus propios tiempos que debemos
respetar y así es como, docentes, familias y autoridades, tenemos la
misión y obligación de hacer esfuerzos para contribuir a ser parte de la
solución y nunca de los problemas.
De
esta forma, por ejemplo, de manera consensuada y coordinada, será
necesario establecer espacios propicios para el diálogo en donde sean
los propios alumnos y alumnas quienes expresen lo que sienten y cómo se
han visto ellos afectados durante el último tiempo por el trance de
pasar de la escuela al confinamiento y luego una vez más a las salas de
clases.
Cada
familia es un mundo se suele decir, y es en este universo donde también
debemos pensar aportando y proporcionando herramientas útiles para que,
en momentos fuera de clases, puedan continuar conversando y
reflexionando entre todos sobre la situación.
En
este complejo entramado de actores y situaciones, no podemos dejar de
lado la violencia que observamos en la vida cotidiana y que luego es
representada y replicada en los medios de comunicación, sin olvidar que
además son el caldo de cultivo de las redes sociales.
Los
ejemplos delictuales, la amenaza del narcotráfico, la violencia
política y las agresiones de todo tipo, verbal y física a la que estamos
expuestos, no hacen más que agregar una nueva preocupación a los
espacios formadores y educadores.
Y
aquí es donde aparece la salud mental y su cuidado. Para garantizar una
educación digna, de calidad e inclusiva, es necesario contar con
ambientes adecuados donde niñas, niños y jóvenes puedan aprender con
seguridad, lo que conlleva además, su sanidad mental.
A
la atención material de las escuelas y su infraestructura, debemos
sumar, la atención a eso que no siempre se ve a simple vista.
Así
es como nos enfrentamos a un escenario complejo con problemáticas bien
definidas que es necesario y urgente abordar de manera conjunta y con el
apoyo de especialistas y expertos, que puedan contribuir a buscar y
encontrar soluciones que nos permitan volver a la anhelada sana
convivencia escolar.