La
investigación etnográfica realizada en la ECA 55 efectuada por
Florencia Vergara, le permitió conocer las prácticas de cuidado
necesarias para sobrellevar la vida científica antártica y, en este
artículo, se realzan los cuidados orientados hacia la convivencia en
confinamiento.
En el momento pandémico actual, revisar las prácticas desarrolladas por
trabajadores antárticos para sostener las relaciones sociales amenas en
sus contextos de encierro puede sernos útil. La Antártica es un
continente que exige la continuación del trabajo científico pese a toda
dificultad y las prácticas de cuidado interrelacionales se vuelven así
esenciales para la producción científica, por muy ajenos a ella que
parezcan en primera instancia.
El
cuidado de la salud -entendiendo este concepto desde sus dimensiones no
solo físicas, sino también sociales y psicológicas- está relacionado
con la forma de habitar un espacio concreto. Las prácticas de habitación
colectivas e individuales están en sintonía con las trayectorias
posibles de los cuerpos. En la Antártica, se habita mayoritariamente en
función del trabajo científico y, para llevarlo a cabo, los equipos
científicos producen prácticas corporales enmarcadas por las condiciones
que entrega el continente.
Quienes
se dedican a pasar semanas o incluso meses en trabajo antártico durante
la Expedición Científica Antártica (ECA, organizadas por el INACH) son
logísticos y científicos encargados de la producción de conocimiento. Y
así como muchas personas en el contexto epidémico actual, estos
trabajadores están relegados a realizar sus actividades laborales y
volver al confinamiento de su campamento o base con los mismos espacios,
recursos y compañeros. Si bien el trabajo antártico trae experiencias
inolvidables, no está ajeno a un mundo de dificultades.
La
investigación etnográfica realizada durante la ECA 55 (2019) para su
tesis de Magíster en Antropología sociocultural de la Universidad de
Chile, titulada “Optimización de salud en Antártica”, apoyada y
financiada por el INACH, me permitió observar las formas de cuidado y
autocuidado requeridas para sobrevivir a este espacio.
Los
viajeros fueron aproximados a través de una metodología etnográfica, en
la cual se constituyó una muestra de 47 personas. A 39 de ellas se les
realizaron entrevistas semiestructuradas, la mayoría grabadas y una de
ellas solo por escrito. La información recopilada fue analizada
a través de una codificación abierta y luego axial para generar
categorías en el Software Atlas ti, en las cuales se pudieron
identificar tanto las problemáticas como las maneras más frecuentes de
lidiar con ellas.
Antropología en terreno helado… y confinado
En el blanco continente surgen
múltiples problemáticas, para las cuales se crean también múltiples
respuestas. Para lidiar con aquello que atraviesan, los cuerpos
científicos polares, independiente a su nacionalidad, edad o disciplina,
traen consigo una serie de conocimientos previos y capacidades in situ.
Habitando
la base científica “Profesor Julio Escudero”, en la isla Rey Jorge,
acompañando a científicos y logísticos en diferentes terrenos, pude
advertir que los trabajadores, por más durezas que enfrenten, tienden a
adaptarse a las condiciones antárticas. Dentro de la investigación, se
encontraron seis condiciones problemáticas asociadas a: el medio, los
accidentes e incidentes, malestares físicos, sufrimientos emocionales,
conflictos entre personas y grupos, y cargas institucionales.
Estas
problemáticas identificadas por los cuerpos viajeros eran afrontadas
mediante conocimientos prácticos, personales y colectivos, que les
permitían adaptarse lo mejor posible a las situaciones y
fundamentalmente continuar con su trabajo antártico. Llevar un botiquín
de emergencia, planificar puntos de investigación con antelación,
mantener la autorregulación de los cuerpos con vestimentas
especializadas, secadores o bebidas calientes después de las salidas,
llevar alimentos dulces y calóricos para un terreno largo, compartir
música y dar masajes entre compañeros eran algunas de las prácticas que
estos científicos mantenían para sobrellevar la vivencia.
Además de lo extremo de sus trabajos de campo, la vivencia que ocurre en una base científica los somete a problemáticas
que van más allá de sus propios proyectos. Entre ellas –y aludiendo al
momento en que vivimos–, vale la pena detenernos en los conflictos entre
personas y grupos provocados por la convivencia confinada (fig. 1).
Los
contextos materiales y ambientales tienen peso en nuestra forma de
vida. Entender que un contexto genera un modo de habitar el espacio, con
conductas, normas, valoraciones y jerarquías, nos permite notar la
complejidad de la convivencia obligatoria. Podemos
pensar, por ejemplo, en cómo las personas en reclusión por la pandemia
del Covid-19 tienden a empeorar condiciones de base al convivir con sus
propias familias, como se evidencia con el aumento en la violencia hacia
las mujeres a nivel mundial, sin por ello ser el confinamiento la
causa, pero sí un factor que empeora las consecuencias.
El
confinamiento potencia ciertas problemáticas que no se han trabajado lo
suficiente y la Antártica es un excelente ejemplo de ello. Puede
venírsenos a la cabeza inmediatamente el caso de la base rusa
Bellingshausen, donde Sergei Savitsky apuñaló a Oleg Beloguzov por
contarle el final del libro que leía, tras una estadía de 10 meses de
labor antártica conjunta. Ya no se soportaban y se llegó a la agresión
física.
Pero
sorpresivamente, y entendiendo la Antártica como un espacio de
confinamiento y aislamiento, el caso ruso es peculiar, porque aquello no
tiende a ocurrir en la práctica cotidiana del continente. Ciertamente
surgen problemas de convivencia, pero, al menos, para estadías cortas,
trabajadores científicos y logísticos lidian favorablemente con esta vivencia.