COLUMNA | Traspaso o artimaña

¡Habemus
NEP! grito de guerra, al aprobarse la ley sobre nueva educación
pública, transcurridos casi tres años de tramitación, para concluir que
los últimos en la fila serán traspasados el año 2030. O sea, cuando
hayan egresado tres generaciones de estudiantes de enseñanza media. El
traspaso más parece la acción de pasar otra vez por el mismo lugar, un
ardid en que el mismo servicio se traslada de un lugar a otro para
quedar en el mismo vacío y desesperanzador estadio en que se encuentra.

Los
puntajes diferidos, ranking y sistemas de selección para mostrar una
situación de mayor igualdad, en que sin privilegios se accede a un lugar
en la educación pública, tiene un fuerte tufillo a demagogia, a abrazo
hipócrita en el Congreso de personas que jamás enviaron ni matricularán a
sus hijos en un establecimiento público, porque cuando se trata de los
hijos entonces no se está para experimentos sociales, allí todos los
personeros y personajes se igualan y recurren al mundo particular del
cual en público abominan. El retorno a la política de los grandes
acuerdos no generó soluciones. Todo, ante la pasividad de la bancada
estudiantil y el silencio de la calle que se invocó al legislar.

Quienes
defendemos la necesidad de una educación con pluralidad de proyectos
educativos, en que la educación pública por su origen no puede erigirse
en la columna vertebral de nada, porque las personas tienen el derecho
de optar por la educación de sus hijos, en un sistema descentralizado,
hemos matriculado sin culpa a nuestros hijos en el establecimiento de
nuestra elección, pero grande es la sorpresa al encontrar a connotados
políticos y defensores de la educación pública solicitando un cupo para
sus hijos en los colegios más selectos y caros del país, allí hasta son
capaces de recurrir a toda suerte de influencias para obtener un cupo,
cuando no un privilegio para escabullir los resultados de la tan esquiva
y desacreditada selección.

En
cambio, la defensa de la educación pública esconde la realidad de una
sociedad compleja, con otras expectativas, en que la defensa de ésta más
bien encubre, en muchos, el interés porque nada cambie en la educación
de los más desposeídos, hay que defenderla para que siga igual, al
menos por tres gobiernos más, tres generaciones más, en que la
brutalidad ojalá consuma a otros miles de chilenos en el tiempo
intermedio.

Esta
no es sólo una reforma mal ejecutada, sino que es una mala reforma, sus
criterios orientadores son de un desviacionismo idealista inexcusable
en la ejecución de una política pública, en que nadie hace reformas para
los nietos.

El
traspaso con cola, huele a impotencia, incapacidad de gestionar y
comunicar opciones transmitiendo y persuadiendo a la ciudadanía la
necesidad de un cambio de paradigma que finalmente ha resultado
absolutamente incomprendido.

En
el balance queda el incremento de la gratuidad en la educación
superior, aún cuando favorece sin distinción a quienes provienen de los
sectores privilegiados que acceden a la universidad y mas gritan, la
carrera docente desvalorada y no retribuida en resultados y compromiso. A
la espera, la retroexcavadora que se quedó sin máquina y sin pilotos.

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