Este año comenzó con más incertidumbres que certezas. Luego del estallido social, el país se auto-invitó a reflexionar sobre cómo nos estábamos relacionamos como sociedad y a sentar los principios que queremos que determinen estas relaciones, a través de una Nueva Constitución. Mayores garantías y calidad en educación y salud, cambios al sistema de pensiones y una descentralización real fueron algunos de los temas que guiaron las diversas discusiones, mientras que el fin de las zonas de sacrificio y una mayor conciencia ambiental que permita el desarrollo de una vida digna fueron otras demandas que poco a poco se fueron instalando en la agenda pública. Sin embargo, no fue hasta la llegada de la pandemia lo que nos impulsó a cuestionarnos profundamente cuál es la relación que como humanidad tenemos con la naturaleza. La degradación de ecosistemas, el cambio climático, la pérdida de biodiversidad y la constante intervención de la vida salvaje son las principales causas de la proliferación de pandemias. Tal como reportó la ONU, la mayoría (70%) de las enfermedades emergentes (como el ébola, el zika o la encefalitis de Nipah) y casi todas las pandemias conocidas, como la influenza y el VIH/SIDA, son zoonóticas, es decir, son causadas por microbios de origen animal. Estos microbios se “propagan” debido al contacto entre la vida silvestre, el ganado y las personas, y el Covid-19 no fue la excepción. En este contexto, donde más de 72,8 millones de personas se han contagiado y 1,62 millones han muerto a nivel mundial, y 34 millones de empleos se perdieron por la crisis solo en América Latina y el Caribe, es necesario entender que la salud del planeta y de las personas es una sola y, si queremos preservar nuestra existencia y el futuro de las próximas generaciones, debemos buscar soluciones ante la crisis climática y de extinción de especies por la cual atravesamos. La soluciones basadas en la naturaleza son hoy la única vía posible: acciones que se apoyan en los ecosistemas y los servicios que estos proveen, para responder a diversos desafíos de la sociedad como el cambio climático, la seguridad alimentaria o el riesgo de desastres. Una de estas medidas es conservar 30% de los ecosistemas al 2030, para evitar una extinción masiva que lleve al colapso del sistema que hace viable nuestra vida en el planeta. Incluso, más de cien economistas y científicos afirman que la economía mundial se vería beneficiada si se conservaran al menos el 30% de la tierra y el océano del mundo: los beneficios superan los costos en al menos 5:1, es decir, por cada dólar invertido, retornan cinco. La investigación también entrega nueva evidencia de que el sector conservación no solo impulsa el crecimiento económico, sino que también proporciona beneficios no monetarios clave y es un contribuyente neto a una economía mundial resiliente. Finalmente este año finaliza con un “lai antü” (eclipse de sol), que para la cultura mapuche es una invitación urgente a revisar la relación que llevamos con la madre tierra y el inicio de cambios significativos para avanzar hacia un buen vivir. Reflexiones que, esperamos, puedan inspirar la discusión venidera sobre la redacción de la Nueva Constitución. Sin duda este 2020 ha sido un año que nos desafía a avanzar en respeto y resguardo de nuestra naturaleza y como país tenemos una gran oportunidad. Esperamos que los acontecimientos políticos, sociales y económicos de este 2021 vayan en esa línea, porque tal como afirma Kristine Tompkins “Este no es un momento de simple política o desacuerdos ideológicos. Conservar la biodiversidad y los lugares salvajes no es solo un problema más. Se trata de la vida misma”.