A diestra y siniestra

Con
felicidad no disimulada y frotándose las manos, muchos ven en los
últimos acontecimientos políticos del país, que la derecha chilena
estaría en crisis. Que está desunida, que está en fase casi terminal,
que es muy improbable, sino imposible, que logre nuevamente ganar
elecciones. Quienes así piensan, amarran el destino del actual gobierno
con el derrotero de este sector político, y siendo así, meditan, no
habrá salvación posible. Todos los males que desde octubre del año
pasado recorren Chile como una sombra nefasta y aciaga, se lo endosan a
la coalición gobernante.

Desde
el año 1990 a la fecha, quizás estemos en presencia de la mayor crisis
de la derecha chilena, reflejada en la división evidente en el Congreso
Nacional y en la relación del gobierno con los partidos que le
sustentan. El gobierno progresivamente ha ido perdiendo la capacidad de
encontrar respaldo en sus propios congresistas, lo que hace incierto el
destino de las iniciativas gubernamentales.

Por
otro lado, alianzas improbables y coincidencias discursivas con la
izquierda, ha venido a confundir aun más a quienes se sienten cercanos a
este sector, todo lo cual ha hecho que comience a calar en muchas
personas una visión más dogmática o apegada a los principios y valores
de lo que dicen, es la verdadera y auténtica derecha chilena, que mira
en menos o recela de los partidos tradicionales.

Ciertamente
existen claras diferencias entre los distintos partidos políticos que
conforman la alianza de gobierno, donde es posible apreciar distintos
grados de dificultades internas. El diagnóstico de las causas de la
insurrección de octubre, la manera de enfrentar la crisis sanitaria y
económica en desarrollo, y el perfilamiento que cada partido quiere
ofrecer a la comunidad, son razones que originan miradas diferentes.
Pero si se observa con mayor detención y dejando la pirotecnia verbal y
escénica, hay muchas razones para la unión que para la dispersión, desde
la mirada sobre la trascendencia del ser humano, hasta la idea de
libertad en el plano político y económico.

Quienes
desde la vereda del frente, in pectore desean fervorosamente el
descalabro de la derecha chilena, muestran un más que evidente
fraccionamiento; ideas desde las más radicales hasta las algo más
moderadas; imposibilidad de hacer alianzas políticas estables y
confiables; y una visión incluso opuestas del mundo, del país, de la
sociedad y hasta incluso, del ser humano, entre tantas otras
diferencias. Les une sí, un rabioso y atávico antiderechismo, que no es
suficiente a la hora de formar un gobierno responsable, ni menos
implementar políticas públicas coherentes y modernas. ¿Se podrá gobernar
a la vez con ideas marxistas y cristianas; estatistas y
libremercadistas; humanas y deshumanizadoras…?

Desde
la llegada del actual gobierno, el lema opositor y casi grito de guerra
de la izquierda chilena ha sido el concepto “insuficiente”. Todo les
parece mezquino, todo les deja sabor a poco, llegando incluso a querer
gobernar a matacaballos desde el Congreso Nacional, pervirtiendo las
funciones que la Constitución y la ley le otorgan a este Poder del
Estado. Más aún, justificando la violencia desatada en Chile, se han
adherido a eso de que “la calle manda”, renunciando a liderar y
entregándose al grito destemplado de la turba, al grafitis desde donde
redactan sus discursos y al saqueo inmisericorde para justificar en su
concepto, una mayor “justicia social”.

A diestra y siniestra, Chile navega en estos tiempos sin un rumbo estable.

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