Al rescate de la clase media

Realizado el plebiscito del domingo recién pasado, muchos analizan el trasfondo del resultado. Diversos factores se conjugan para explicar la contundencia de las cifras, que las encuestas anunciaban, pero dada la desconfianza en tales métodos de medición, se dudaba; sin embargo, en esta oportunidad acertaron en términos generales. Si bien es cierto es importante encontrar las causas del resultado, me parece que asoma una con cierta claridad: a la clase media se la ha dejado entregada a su destino. Pareciera que salir de la pobreza, más que un mérito, más que el triunfo del esfuerzo, del trabajo, del orden, es una condena al olvido y a la incertidumbre. Por años nuestro país ha tenido por meta dejar atrás la pobreza, labor que comenzó en los años ochenta, cuando se puso en práctica una economía de libertades, la que se continuó en los tiempos que le siguieron. De esta manera, Chile se enorgullecía de haber dado un salto significativo al instalar a millones de personas en lo que se le denomina clase media. De allí al olvido, hubo sólo un pequeño paso. Porque mientras se está en la pobreza, el Estado es pródigo en ayudas sociales: se puede obtener una vivienda a muy bajo precio y sin tener que endeudarse; se reciben subsidios de toda índole; se les otorga educación y salud gratis; se tiene asegurado un ingreso mínimo; el acceso a la justicia también es sin costo; en fin, un sinnúmero de beneficios que el Estado pone a disposición de quienes demuestran tener pocos o nada de ingresos económicos. Pero si como fruto de su esfuerzo, de su afán de superación, de la suerte incluso, una persona ha podido obtener un ingreso y una situación socio económica que para efectos oficiales no califica ya como pobre, entonces el Estado le suelta la mano y le deja casi a la intemperie. Si quiere obtener una vivienda, endéudese con la banca por veinte, veinticinco o treinta años, y si tuvo la desventura de una mala racha económica, ese mismo banco le rematará su vivienda. Si usted o su familia se enfermó, el sistema de salud público o privado le cobrará un alto precio para atenderle, dejándole en una desmedrada situación económica. Si ha tenido a sus hijos en un colegio particular subvencionado, el no pago de las mensualidades le destina nuevamente al sistema público de educación. Si ha quedado cesante, arrégleselas como pueda, que el Estado está preocupado de los pobres, no de usted, que de sopetón volvió a la pobreza y ahora, sin ayudas. Por eso en estos nuevos tiempos, es hora de preocuparse y de ocuparse de todos quienes teniendo un trabajo estable, teniendo una familia, viven con cierta comodidad, sin que les corten a fin de mes los suministros básicos. Es hora de crear políticas públicas que no sólo permitan a una persona dejar atrás los tiempos duros de la necesidad económica, sino también, de facilitarle la vida a quienes por obra y gracia de esfuerzo, lograron dar un salto y superaron la pobreza. Es de mi parecer que muchos votantes que eligieron la opción mayoritaria el domingo recién pasado, no quieren un cambio radical en su forma de vida, ni en el país, porque entienden que la libertad económica es requisito esencial de su bienestar, pero que también entienden lo injusto que es que después de todo su esfuerzo, obtener una vivienda les cueste tanto y se endeuden por tantos años, mientras que si permanecían en la pobreza, el Estado pondría a su disposición una vivienda a muy bajo costo y sin deuda futura. Es hora de ir al rescate de la clase media premiándoles su esfuerzo y tesón, facilitándoles un poco más la vida.

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