Se
dice que la filosofía enseña a pensar, lo que es verdad, pero esto no significa
que los que no la hayan estudiado no piensen o bien lo hagan mal. Pero no conocer,
aunque sea incipientemente las reflexiones y especulaciones de filósofos, que
han dedicado parte o toda su existencia a tratar de entender al ser humano, la
sociedad, la ética, el poder y la política puede revelar ignorancia y peligro,
sobre todo cuando se trata de la función o desempeño de responsabilidades
públicas, cuyas decisiones afectan a la sociedad. Mas aún si esto se combina
con la escasez innata de criterio y ausencia de una dosis necesaria de
conciencia social.
En
ningún caso, debemos confundirnos con máximas, que pregonan que solo los más
capaces deberían ostentar las responsabilidades publicas y políticas, debido a
que también puede inducir a errores e injusticias. Porque al fin y al cabo ¿quién
elegiría a los más capaces? Normalmente detrás de esto se esconde el miedo a la
democracia y a la expresión de la soberanía popular.
El
filósofo francés, padre del positivismo Auguste Comte, pregonaba una sociedad estable,
gobernada por una minoría de doctos que emplearan el método científico para
resolver los problemas de la humanidad con el objeto de mejorar las condiciones
sociales. Obviamente esto es una utopía, porque las sociedades son bastante más
complejas que las leyes naturales o las inferencias de las ciencias exactas. A diferencia de la ciencia, que se sustenta en
pruebas, las sociedades al igual que la filosofía funcionan con argumentos,
nunca definitivos. Las
sociedades y los países son quizás más dinámicas y cambiantes por sus
percepciones, frustraciones, anhelos y esperanzas.
Al
escuchar las apreciaciones a algunos actores de la política, pareciera que la
sociedad fuese estática, que nada debería cambiar, que todo tendría que mantenerse
en un círculo inalterable, como si no existieran nuevas premisas y desafíos que
iluminen y señalen ciertas esperanzas. Mas aún para muchos la sociedad y el
mundo se encapsuló, en la época de la guerra fría de las dos superpotencias que
dividieron al mundo. En el caso de nuestro país, todavía hay quienes pretenden dividir
la sociedad en izquierda y derecha, sin percatarse que los limites ya no están
tan claros y que todo se tornó más difuso. No se puede calificar
ideológicamente a las personas por tener más conciencia acerca del delicado
momento social que vive nuestro país, querer simplificar las cosas transformando
todo en una especie de conspiración de un sector de la izquierda, es no
entender nada acerca del Chile real, que al parecer clama por un poco más de
justicia social.
En
lo que sí me adscribo al pensamiento del filósofo Comte, es en su forma de
entender los problemas sociales, que para él eran concebidos como desordenes
orgánicos del sistema y proponía como solución reformas que integraran
funcionalmente a todos los miembros de la sociedad.
Pero
las sociedades al igual que la filosofía son más que un libro de autoayuda como
algunos personajes públicos suelen concebir, porque estas se basan en preguntas
y respuestas permanentes que debemos hacernos. Al fin y al cabo, todos
pensamos, somos animales racionales. Un filósofo expresó: El carpintero piensa
bien para fabricar una mesa correcta, el payaso para hacer reír, el político
para procurar hacer lo debido…… Claro está que, en su tarea, la filosofía le
será aparentemente poco útil, porque no enseña precisamente a pensar lo que
hacemos, sino “lo que somos y como entenderlo”, aunque nuestra realidad nos
parezca irremediable.
Los
amigos de la filosofía deben leer más acerca de ésta y procurar que los
gobernantes y legisladores lo hagan para que logren ser un poco más
imaginativos y no maten los sueños y las esperanzas de un país mejor.
“Se
dice que, hay amores que matan cuanto ignoran.”