Sigue existiendo la necesidad de producir encuentros éticos en nuestros modos de racionalizar el destino y futuro personal, de la sociedad dentro de la cual tratamos de convivir para desarrollarnos y también del país. En tiempos de diversidad de opciones de futuro y de ofertas individualistas y comunales, no se puede dejar de pensar en que nuestra sociedad no ha avanzado decididamente a través de caminos que conduzcan necesariamente, a un enaltecimiento de la condición y dignidad de lo humano. Pareciera que los ejemplos son más abundantes en sentido contrario y no es sorprendente que surjan llamados a una acción ofensiva y homogeneizadora de liderazgos. El biólogo-filósofo H. Maturana nos sugiere que esta característica parece descansar en nuestra concurrente y falsa pretensión de querer apropiarnos de la verdad única, generando incluso fanatismos y enajenaciones ideológicas que justifican la innovación en aras de cualquier cosa llamada progreso, desde la manipulación a la deshonestidad en la irresponsabilidad. Pareciera ser que no queremos, o quizás no podemos, ver la necesidad de una armonía que traiga consigo la conciencia de una responsabilidad social-ética innegable en todo lo que hacemos. Una armonía que debería partir asentándose en nuestro diario y cotidiano modo de vivir y de ser, para que tenga posibilidades reales de acoplarse al convivir de todo el resto, para que sea posible considerar la posibilidad de un futuro que contenga planos de armonía basados en un equilibrio prudente de condiciones y que, tal vez utópicamente, pueda generar confianzas y optimismos también sensatos. Esta necesidad probablemente nos conduzca a una madurez cívica tal que obligue a toda la ciudadanía a ponerse en condiciones de respeto por sí misma y, probablemente lo más importante, en condiciones de mutuo respeto como condición básica para la convivencia.
En este sentido de armonía, surge como alternativa vinculante una comunicación fraterna, solidaria y responsable, un encuentro de voluntades individuales y colectivas, características capaces de propiciar cambios necesarios que aporten a las condiciones de vida de todos y todas. Estos días convulsionados, en donde las pasiones y los intereses individuales alteran la armonía de la sociedad por redefinir y ponen en juego también la armonía individual, en donde todas las argumentaciones reclaman legitimidad y supremacía sobre las posiciones diferentes y aparecen las sórdidas señales de la intolerancia, parece sensato entender que, si la búsqueda social y política es el bien común, la prudencia, la responsabilidad y el respeto son consustanciales a ello. Ya en marzo de 2020, la Gran Logia de Chile expresaba públicamente que “Estamos conscientes de que en nuestro país existen diferentes miradas sobre los problemas sociales y sobre sus soluciones, y es natural y bueno que así sea. Los masones nos nutrimos de la diversidad, pero es indispensable que sobre estas diferencias se efectúe un ejercicio de tolerancia y de respeto, para entender, para abrir la mente y el espíritu, para que en conjunto se logre la anhelada síntesis de un gran acuerdo, que guíe a nuestra patria hacia superiores destinos”. Hoy, una sociedad en armonía sigue siendo una utopía republicana.